jueves, 8 de febrero de 2018

Huellas



Del hombre fugitivo
sólo tengo la huella,
el peso de su cuerpo,
el viento que lo lleva.
Ni señales ni nombre

ni el país ni la aldea,
solamente la concha
húmeda de su huella;
solamente esta sílaba
que recogió la arena…


Poema La Huella de Gabriela Mistral

domingo, 28 de enero de 2018

Luces del Alba

SINOPSIS
Albert es un hombre de cincuenta años que se ha quedado en la calle, sin dinero y sin nadie que lo ayude, una noche decide suicidarse, pero el miedo a la muerte lo paraliza. El recuerdo de una película de Hollywood de finales de los cuarenta, le da una esperanza para encontrar razones que le permitan continuar con su vida.
A lo largo de su búsqueda, un cura que lucha por ayudar a los pobres, diferentes personas que se encuentra en su camino y que al igual que él lo han perdido todo y Flora, la chica del convento, le dan las pistas para hallar esos motivos. La historia de Albert y las historias de todos los que comparten penurias con él, son el hilo conductor de esta novela que pretende ser un canto a la vida y a la esperanza.
No todo está perdido cuando se ha perdido todo y el verse reflejado en la vida de otras personas y ver reflejada en su propia vida, la vida de los demás, lo ayudará a reflexionar sobre lo valiosas que son las vivencias que a cada quien le toque vivir. Son lecciones que lo ayudarán a ver lo importante que es como persona y a valorar a cada ser, sea hombre, mujer, niño o, incluso, animal, con los que se topa cada día por las calles.
Y aunque no todos pueden tener finales felices, Albert procurará tener uno sin importarle lo que el destino le tenga preparado, luchará por ello y en su lucha, sus fracasos serán sus mayores recompensas. No todo puede ser color de rosas, ni los cuentos de hadas que de niños nos hemos imaginado. Cuando le toque partir de esta vida, quiere irse con la serenidad y la seguridad de haberla vivido y disfrutado.

Muchas de estas historias son historias reales, aunque los nombres son todos ficticios.

martes, 23 de enero de 2018

La madurez de Fabián (de la novela Me acordaré de tí)

Miro al pasado y encuentro que mi vida fue haciéndose a retazos cosidos irregularmente en algunas partes y en otras mostrando una impecable unión, casi imperceptible, de los hechos que desenmarañaron al hombre que ahora soy o que tal vez siempre fui, sólo que antes mis inseguridades no me permitieron descubrirlo a tiempo. Por muchos años viví en una constante dependencia de otras personas, impidiéndome asumir por mí mismo mis propias decisiones, siempre fui un reflejo de los pareceres de otros. Mis complejos, mis temores y mis carencias obnubilaron todo lo bueno en mi adolescencia. Físicamente era un joven desgarbado, demasiado flaco y sin una pizca de gracia, siempre usé rebecas amplias para esconder mis huesos y la poca musculatura que desarrollé porque nunca practiqué deportes. En los recreos del colegio y aún fuera de él, mi vida social se limitó a aislarme en algún rincón, con la única compañía de Julio José que venía a echarme en cara todo lo bueno que siempre quise para mí. Llegué a idealizarlo como prototipo de vida, padres famosos, buen físico, carismático a más no poder y manipulador. Eso era lo que más me gustaba de mi amigo, su don para manipular situaciones y personas. Aún cuando era consciente de eso, no tuve objeciones en someterme a sus dominios, bueno, tuve una y fue no engancharme a las drogas, sólo las probé, a escondidas eso sí de él y del resto de la sociedad, para darme el gustico de estar a su altura. 

Mi vida familiar fue un completo fracaso: una madre alcohólica, un padre que nos abandonó para rehacer su vida con otra mujer y una hermana que en cuanto pudo desligarse de nosotros, lo hizo sin el menor reparo. En estos últimos años la he visto muy pocas veces, después de la muerte de mamá, debido a una cirrosis agresiva que la consumió de la noche a la mañana, se alejó aún más y sólo me queda el consuelo de saberla “felizmente casada”, así, entre comillas, porque estando tan alejada nunca sabré si verdaderamente es feliz al lado de su esposo y dos hijos a los que la palabra tío les debe sonar a pariente muy lejano. De mi padre es poco lo que tengo que decir, ya no es mi héroe, dejó de serlo el mismo día que le blandí un cuchillo en la cara, lleno de ira por pretender hacernos ver que el fracaso de su matrimonio fue única y exclusivamente culpa de mi madre. Huyó despavorido y su carrera lo alejó de nosotros y aún hoy en día sigue alejado de mí al tratarme con mucha cautela, como si fuera un loco esquizofrénico capaz de reventar en cólera en cualquier momento y clavarle la puñalada prometida. Demás está decir que nos vemos poco, muy, muy poco y cuando hablamos por teléfono, los reproches del pasado siempre vuelven para distanciarnos más.


Cargué con el peso de mi madre yo sólo. Ni Leticia ni mi padre fueron testigos de la agonía de ella. Los consejos dados a mi madre cayeron en saco roto por ser un menor de edad que nada sabía de la vida, según me decía siempre ella, cuando irónicamente fue la vida misma la que me enseñó desde pequeño todo lo que yo no quería ser ni hacer, al darme, sin opción a elegirla, la familia que tuve. Y no es que reniegue ahora de los míos, algo bueno tuvieron que dejó en mí huellas importantes, lo que pasó fue que idealicé demasiado la vida de otras personas que siempre tuve una herida sin sanar a causa de ello. Llegué a pensar que estaba destinado a ser un perdedor y a tener la mala suerte como eterna compañera de viaje. Todo cuanto me proponía se deshacía en mil pedazos a la menor equivocación, incluso las pocas victorias que obtuve se vieron opacadas por éxitos aún mayores que mis amigos me echaron en cara. Era como si nada de lo que hacía era lo suficientemente bueno como para quedar satisfecho. 

Cuando me desprendí de todo lo que fui en mi niñez y en mi adolescencia, pude saborear las mieles de una vida sino exitosa, al menos tranquila. Pero este logro lo alcancé a base de negar mi pasado, borrar las huellas dejadas por mis vivencias y empezar de cero, de la nada. Como si no hubiera tenido una vida anterior. Tuve que plantearme un cambio que llevó a transformarme por completo en un ser totalmente distinto, un hombre que aún le cuesta llevar los hilos de su propia vida por tratarse de otro ajeno a mi yo real, como si me hubieran hecho un lavado cerebral y me dijeran que sería lo opuesto a todo lo que fui y, al despertarme de esa hipnosis, me encontrara en pañales aprendiendo como un bebé de meses las sensaciones de mi nueva vida. 

Mi cambio no se debió a alguna experiencia traumática que me llevara a replantearme toda mi vida. Lo que me llevó a pensar en mí fue que, estando a punto de cumplir los cuarenta años, me encontraba en el mismo punto de partida de hace veinte. Sin planes y sin metas, viviendo la misma vida que me acostumbré a vivir al lado de Julio José, Noelia y compañía, sólo que sin drogas y con muy poco sexo, el que pagaba de vez en cuando; pero eso si, con mucho alcohol y salidas nocturnas por los bares de moda. Por momentos pensé que seguiría el mismo camino de mi madre y ni su muerte fue la suficiente advertencia para parar. Era como si tratara de castigarme de esa manera por no ser como eran los otros, aún cuando hacía exactamente lo mismo que los demás. La única diferencia era que a los demás parecía satisfacerles ese estilo de vida y a mí me dejaba un vacío inexplicable que no lograba llenar hasta la siguiente ronda nocturna. Y así me pasé veinte años de mi vida y me acostumbré a todas las frustraciones posibles que un ser humano pueda vivir, viéndolo como algo normal y lógico de mi inocua existencia. Hasta que la conocí y comencé a ver mi vida con dolor.

domingo, 21 de enero de 2018

Duele Amar

Duele amar a alguien y no ser correspondido, pero lo que es más doloroso es amar a alguien y nunca encontrar el valor para decirle a esa persona lo que sientes. Tal vez Dios quiere que nosotros conozcamos a unas cuantas personas equivocadas antes de conocer a la persona correcta, para que al fin cuando la conozcamos, sepamos ser agradecidos por ese maravilloso regalo.

Una de las cosas más tristes de la vida es cuando conoces a alguien que significa todo y solo para darte cuenta que al final, no era para ti y lo tienes que dejar ir. Cuando la puerta de la felicidad se cierra, otra puerta se abre, pero algunas veces miramos tanto tiempo a aquella puerta que se cerró, que no vemos la que se ha abierto frente a nosotros. Es cierto que no sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos, pero también es cierto que no sabemos lo que nos hemos estado perdiendo hasta que lo encontramos.

Darle a alguien todo tu amor nunca es un seguro de que te corresponderán, pero no esperes que te correspondan; solo espera que el amor crezca en el corazón de la otra persona, pero si no crece sé feliz porque creció en el tuyo. Hay cosas que te encantaría oír que nunca escucharás de la persona que te gustaría que te las dijera, pero no seas tan sordo para no oírlas de aquel que las dice desde su corazón.

Nunca digas adiós si todavía quieres tratar. Nunca te des por vencido si sientes que puedes seguir luchando. Nunca le digas a una persona que ya no la amas si no puedes dejarla ir. El amor llega a aquel que espera, aunque lo hayan decepcionado; a aquel que aun cree, aunque haya sido traicionado; a aquel que todavía necesite amar, aunque antes haya sido lastimado y a aquel que tiene el coraje y la fe para construir la confianza de nuevo. El principio del amor es dejar que aquellos que conocemos sean ellos mismos y no tratarlos de voltear con nuestra propia imagen, porque entonces solo amaremos el reflejo de nosotros mismos en ellos.

No vayas por el exterior, este te puede engañar; no vayas por las riquezas porque aun eso se pierde; ve por alguien que te haga sonreír, porque toma tan solo una sonrisa para hacer que un día oscuro brille. Espero que encuentres a aquella persona que te haga sonreír. Hay momentos en los que extrañas a una persona tanto que quieres sacarla de tus sueños y abrazarla con todas tus fuerzas. Espero que sueñes con ese alguien especial. Sueña lo que quieras soñar; ve adonde quieras ir; sé lo que quieras ser; porque tienes tan solo una vida y una oportunidad para hacer todo lo que quieras hacer.

Espero que tengas suficiente felicidad para hacerte dulce; suficientes pruebas para hacerte fuerte; suficiente dolor para mantenerte humano y suficiente esperanza para ser feliz. Las personas más felices no siempre tienen lo mejor de todo; solo sacan lo mejor de todo lo que encuentran en su camino.

La felicidad espera por aquellos que lloran, aquellos que han sido lastimados,  aquellos que buscan, aquellos que tratan. Porque solo ellos pueden apreciar la importancia de las personas que han tocado sus vidas. El amor comienza con una sonrisa, crece con un beso y muere con una lágrima.

La brillantez del futuro será basada en un pasado olvidado. No puedes ir feliz por la vida hasta que dejes ir tus fracasos pasados y los dolores de tu corazón. Cuando naciste, tú llorabas y todos alrededor sonreían, vive tu vida de forma que cuando mueras tú sonrías y todos alrededor lloren. 

miércoles, 17 de enero de 2018

La Carta (de la novela En Buena Compañía)

                Estoy en mi cuarto, tendida en mi cama, absorta en mis pensamientos y una música llega a mis oídos, no sé de donde proviene pero envuelve mi ser y me tranquiliza. Trato de sentarme, pero los dolores me dejan inmóvil mirando al techo, el cual se va llenando poco a poco de imágenes o tal vez de sentimientos. Escribo esta carta para que algún día puedas entenderme y no desprecies mi silencio, para que sepas que amé y fui amada sin merecerlo. Mi esposo, mis hijos, mis hermanos, tú, todos me dieron lo mejor de sí y yo fui incapaz de corresponderles como se merecían. No quiero justificarme, sería cobarde no reconocer mis errores, solo quiero desahogarme ante el miedo a lo desconocido. Contigo viví y en el recuerdo de nuestras aventuras furtivas, he añorado lo que pudo haber sido y no fue y quién sabe si alguna vez lo será.
                Me queda poco tiempo, lo puedo sentir por el aire frío que recorre mi cuerpo. Quiero borrar de mí ese sentimiento de impotencia que duele tanto, ese sentimiento que deja mi corazón dolido. Dime que todo está bien, que quedan esperanzas, que no todo es dolor. Dime que vale la pena lo que se sufre. Ruedan por mis mejillas unas lágrimas. Sigue la música y me ciega ante las imágenes que rondan por mi mente, una tras otra, imágenes junto a ti, aquel hombre que conocí en mi juventud y que en algún momento de mi vida lo perdí. Sigo pensando, recordando, dejándome llevar por lo que escucho, suave, pero al mismo tiempo rítmico....y se suceden una tras otra tantas cosas vividas, tantas cosas deseadas...y se piensa en las que quedan por vivir y me pregunto ¿tendré tiempo? ¿Podré algún día ser feliz con quien tanto deseo? Y por más que lo intento sólo un pasado y un presente, dejando de lado a un futuro que no termina de llegar.

                Son tantas cosas las que sueño, que me haría falta otra vida para vivirlas y...no tengo tiempo. Siento que se me va de entre mis manos y callo lo que mi corazón pide a gritos. Una nueva oportunidad. Ruedan lágrimas por mis mejillas, de impotencia, de rabia, de sueños rotos...y de tantas cosas más... Se agota la música, va llegando a su fin y no quiero que termine, porque pienso que también terminará todo para mí…son tan lindos los recuerdos, aunque duelan...Se ha de vivir la vida, dar cuanto se tiene porque si guardas los sentimientos igual te das cuenta tarde... Que no amaste cuanto podías y no diste todo cuanto tenías...El amor es eso, dar todo...Y en el sopor de las lágrimas sintiendo que cada vez amo más y ya no soy correspondida...tengo presente este sentimiento dentro de mis pensamientos...voy dejando que me venza el sueño, esperando exhalar mi último aliento.

domingo, 14 de enero de 2018

Reflexiones sobre el amor (de la novela El Relato de Andrés)

Es muy difícil expresar lo que siento en este momento. Hay muchas veces que pienso que todas mis relaciones no han tenido sentido, pero hay otras en las que creo que valió la pena todo cuanto he vivido. ¿Hacía donde corres en una situación así? Mi corazón no me responde, pues él está lleno de rencores y daños causados por los malestares pasados, tan sólo porque no he sabido interpretar correctamente los signos que he recibido.

Es muy difícil de expresarlo, ni siquiera yo lo sé, quizás es mejor pensar que vivimos en un mundo sin amor, pero el miedo a perderme en caminos abstractos me remuerde la conciencia, pensar que con estos brazos con los que abracé más de una vez al amor no serán capaces de hacerlo otra vez; que con esta boca que tantas veces besé, no besará de nuevo... no podría soportarlo. Por eso prefiero que mi corazón soporte lo que sea necesario para no perder la oportunidad de amar.

 El amor llegó a mi vida en los momentos en que más lo necesitaba. Tú, con tu forma de comprender, hiciste que mi corazón recobrara las esperanzas de tener ese sentimiento, de querer que más de una vez deseara sentirte cerca de mí. Hoy al reencontrarte es como empezar a vivir, es enamorarme y recobrar mi confianza.

¿Cómo no quererte? Si eres parte de todas mis cosas y pensamientos, si estás tan pendiente de todo lo que puedo necesitar, si cada momento te las ingenias para llegar cada día más y más a mi corazón y estar a mi lado. Por eso y mucho más te doy las gracias.

Cada momento que transcurre, mis sentimientos hacia ti son más puros, pero qué difícil es cuando las cosas no van bien, tú no estás feliz y eso me pasa a mí también, porque hemos perdido la frescura, el respeto, discutiendo a cada instante sin razón, qué difícil es hablar y no ser comprendido, conversar y no ser escuchado, ¿por qué no me dejas que me vaya por un tiempo, sin decirme que al momento te vas a quitar la vida si me voy? Pero antes déjame decirte que el amor es la única cosa que yo tengo y me voy de tu lado porque no quiero perderlo, lo que necesito solo es tiempo, tiempo para poder curar las heridas que tantas relaciones fracasadas han dejado en mi alma, tiempo para empezar de nuevo con una nueva vida, tiempo para saber si te necesito, tiempo para saber si me quieres o me olvidas.

El amor crece cada vez que siento de cerca unos brazos envolviendo mi espalda, cuando palabras alegres revolotean mi corazón provocándome una sonrisa de felicidad, cuando me acompañas en los momentos de mayor necesidad. Cuando puedo verte en los ojos de otros y me dices cosas que con palabras no te atreverías a decir, son muchas las razones por las que este sentimiento crece, pero la principal sería porque conseguí a alguien que me diera lo que estoy buscando…ese es mi gran dilema, buscarte en mil lugares y aún así continuar buscándote. Sólo quiero ser feliz y hacerle saber a esa persona que busco que cuando yo esté a su lado no habrá días malos, sólo difíciles, no habrá lágrimas sólo sentimientos encontrados, pero sobretodo no habrá cariño sino un amor inmenso el cual tu sólo recibirás.


No sabes cuanto dolor me ha causado no tenerte a mi lado....no sabes cuanto sufro no tenerte, cuanto sufro que estés con otros y que a mi ni me notes...Por extraño que parezca, yo te amo a pesar de las heridas, a pesar de las caídas, a pesar de todo...El amor no se rige por el azar, no lo consigues leyéndote las líneas de las manos, ni la borra del café ni la clara de los huevos como insólitamente una vez vi por televisión. ¿Cuál es la probabilidad de que te quedes y no te vayas?...Yo lo daría todo por ti...Si pudiera revivir un momento, ese sería aquel en los que te sentí profundamente...Si pidiera un deseo, ese sería que nunca te alejaras de mi...Espero que no te separes de mi...Pero si te vas, agradeceré a Dios haber tenido la dicha de conocerte, la alegría de hablarte y la fortuna de amarte. 

domingo, 8 de octubre de 2017

Diego el caballito ciego

Diego era un caballito que le gustaba correr por las verdes praderas de la granja, se pasaba todo el día brincando de un lado a otro, no había nada ni nadie que pudiera detenerlo. Siempre decía que la vida era muy bella para desperdiciarla encerrado en el establo. Pasaba horas y horas descubriendo el color de las cosas, le gustaba ver las hojas verdes de los cipreses, el naranja de las amapolas, el púrpura de las mariposas que revoloteaban alrededor de las flores, el rosa de los atardeceres. A él le encantaba sentir en sus cascos el suelo mojado, pisar las hojas del otoño o salpicar el agua del abrevadero. Muchos de sus vecinos se molestaban cuando Diego irrumpía dando coces contra el agua porque mojaba a los otros animales que estaban calmando su sed en ese momento. Don Tito el Cerdito se quejaba con la madre de Diego constantemente y también la gallina Adelina y el conejo Alejo, todos se turnaban a diario para ir al establo a quejarse. “Zaina Zarina – la llamaban así por su pelaje negro intenso y la crin larga que adornaba su cabeza – tienes que ponerle remedio a Diego, no nos deja beber en paz el agua del abrevadero”. La zaina Zarina se entristecía cada vez que alguno de los animales de la granja se acercaba a ella para hablarle mal de su hijo y ya no tenía palabras para reprenderlo, había probado de todo, le había hablado cariñosamente, le había regañado severamente, le había impuesto distintos castigos como mandarlo a dormir sin cenar o impedirle salir del establo amarillo por una semana o ir al río a nadar, pero nada hizo mella en el carácter de su hijo. Diego era un potrillo juguetón y ningún castigo mermaban sus energías, al contrario cada vez que salía de un castigo se volvía más y más travieso y no era que tomara venganza de sus vecinos por llevarle las quejas a su madre, sino que era tan juguetón que el tiempo que estuvo castigado sin poder jugar, lo recuperaba jugando el doble al levantarle su madre el castigo. Un día Diego saltó la cerca de madera pintada de azul que separaba los terrenos del granjero del resto del campo, su madre siempre le había advertido que no traspasara esa barrera porque más allá había peligros inimaginables. Diego siempre había hecho caso a las advertencias de su madre, pero cansado ya de que los otros animales no hacían otra cosa sino quejarse de él, decidió que era tiempo de ir a otros sitios a jugar sin que nadie lo molestara. Saltaría la cerca, correría un rato y luego regresaría sin decirle a nadie donde había estado. Se alejó unos metros para efectuar su salto y, a pesar de que vivía saltando todo el tiempo, no tuvo el tino de medir la altura de la cerca y con las patas traseras tropezó con la madera dando un revolcón que le hizo aterrizar al otro lado de la valla, pegando la cabeza al duro suelo. Por momentos quedó aturdido, meneó su hocico de un lado a otro para tratar de despejar la densa niebla que rodearon sus ojos. Diego sintió como las sombras comenzaron a taparle la visión, impidiéndole distinguir las siluetas. Fue como si de pronto hubieran apagado todas las imágenes dejándolo todo en una total oscuridad. “No veo, no veo”, dijo el caballito Diego. Sintió miedo y luego pánico, tanto que se desbocó en una veloz carrera sin ver hacia donde corría, de pronto se detuvo en seco porque pensó que a lo mejor estaría alejándose de la cerca que separa la granja del campo y si se perdía en un lugar donde nunca había estado antes, ya no podría regresar a casa. Intentó devolverse sobre sus mismos pasos caminando hacia atrás, pero al no poder ver las huellas dejadas en el camino, se desorientó y la izquierda se le volvió derecha y la derecha, izquierda. Perdió el rumbo y ya no sabía si iba hacia delante o si iba hacia atrás. Se arrodilló sobre una alfombra de hierbas que sintió debajo de sus patas y empezó a llorar amargamente porque se acordó de las advertencias de su madre de no traspasar la cerca de madera. “Si le hubiera hecho caso”, era su lamento constante. La noche cayó y Diego seguía llorando, claro que él no sabía que era de noche porque desde el mismo momento en que se dio el golpe en la cabeza se le oscureció todo. De repente se puso a gritar el nombre de su madre, pensando que ella pudiera estar buscándolo y si la llamaba en voz alta tal vez lo encontraría. “Madre, madre....Zarina....zaina Zarina”, gritaba sin obtener respuesta. Las patas le temblaban y no podía dar un paso sin sentir que su cuerpo se tambaleaba de un lado a otro, como un borrachito, como cuando comió una vez tantas uvas de la parra del granjero que se fermentaron en su estómago haciendo que su cabeza diera vueltas e impidiéndole atinar un paso detrás del otro. Después de un rato, el caballito Diego se cansó de gritar sin que nadie acudiera en su ayuda y sus ojos secos de luz y de lágrimas, se cerraron en un profundo sueño que lo obligaron a echarse al pie de un árbol.

No pasó mucho tiempo cuando sintió un golpe en su cabeza. Luego de quejarse y sobarse las orejas con sus cascos empezó a preguntar “¿Quién está  ahí?” Volteó la cara a un lado, luego al otro y nadie respondió. Sintió otro golpecito, como si le hubieran dado un coscorrón y nuevamente volvió a quejarse. “¡Ay, que me duele! Quien quiera que esté pegándome deje de hacerlo porque no lo puedo ver”. Diego se levantó del lecho de hierbas donde descansaba y una voz distante comenzó a hablarle.
-“Levántate, ¿no ves que estás acostado sobre mi comida?”.
-“Lo siento -respondió el caballito – no puedo ver, me di un golpe en la cabeza y ahora estoy ciego”. De la copa del árbol bajó una ardilla con dos nueces en sus patas.
-“¿Cómo es eso que no puedes ver?, preguntó curiosa.
Diego dirigió su cabeza en dirección a la voz.
-“¿Tu quién eres?”, preguntó temeroso.
-“Soy la ardilla Padilla”, respondió la ardilla.
-“¿Una ardilla? Y ¿Qué es una ardilla?”
-“En el campo hay muchos animales y yo soy uno de ellos” – respondió refunfuñando la ardilla, ofendida porque Diego no sabía lo que era. 
Cuando el caballito comprobó que la ardilla era un animal inofensivo, le explicó todo lo que le había ocurrido, pidiéndole disculpas por haberse acostado sobre su comida. La ardilla al ver que se trataba de un potrillo educado y con problemas, dejó a un lado su malestar y le preguntó qué podía hacer para ayudarle. Diego le respondió que sólo quería regresar al lado de su madre, pero como no podía ver no sabía hacia donde debía caminar. “Menudo problema – le indicó la ardilla – y yo no sé dónde vives, así que no te puedo ayudar”.

Diego se entristeció de nuevo y a punto estuvo de llorar cuando la ardilla le dijo “Le preguntaré a Pastor, el Castor del río, si sabe dónde vives”. Cogió las dos nueces que traía en sus patas y comenzó a golpearlas fuertemente una contra la otra ejecutando una especie de código de llamada, como si estuviera dándole a las cuerdas de un telégrafo. De pronto, Diego sintió como unas gotas de agua lo mojaban. Era Pastor el Castor que venía sacudiéndose el agua de su pelambre. Su larga cola arrastraba las algas del río, las que intentó quitarse dando fuertes golpes contra el suelo.
-“Ardilla Padilla he escuchado que me has llamado, ¿En qué puedo ayudarte?”.
-“Amigo Pastor, aquí hay un caballito que está ciego...perdón, ¿cómo es que te llamas?”- le preguntó al acordarse de que no le había preguntado antes por su nombre.
-Diego, soy Diego el caballito.
Tanto Pastor como Padilla cruzaron sus miradas y se rieron al unísono y Diego no comprendió el por qué, molesto dio dos coces contra la tierra seca y preguntó el motivo de sus risas.
-“Es que tu nombre rima con tu impedimento visual, ja ja ja, eres Diego, el caballito Ciego” – dijo Padilla sin parar de reír. Diego se rió también y expresó su parecer.
-“Claro, yo soy Diego el Ciego, tu eres la Ardilla Padilla y tu Pastor el Castor, todos nuestros nombres riman”. Y con jolgorio celebraron la ocurrencia hasta que la ardilla Padilla se acordó del motivo por el que había llamado a Pastor el Castor. “Diego está perdido y necesita regresar a su casa”. Pastor golpeó tres veces la tierra con su cola en señal de desconcierto, él, al igual que Padilla, no sabía dónde vivía el caballito, así que tampoco podía ayudarlo. Nuevamente la desesperanza se apoderó de Diego y bajando el hocico se tapó la cabeza con sus patas delanteras para llorar más cómodamente, aunque no veía sabía que habían dos animales en su presencia y llorar en público le daba vergüenza. Pastor pensó que Mario el  Canario podría ayudarles. Como se la pasaba volando todo el tiempo, tal vez supiera dónde vivía Diego. Se acercó a un árbol y dio tres golpes con su cola, esperó un rato, de nuevo otros tres golpes, así estuvo hasta que finalmente Mario bajó de la copa del árbol. Aterrizó armando un escándalo, las hojas volaron por los aires y con la brisa procedente del aleteo de sus alas sacudió los rostros de los tres animales reunidos. Terminó estrellándose contra el árbol y varias nueces que la Ardilla Padilla tenía guardadas en una de las ramas, rodaron tronco abajo.
-¿Me habéis llamado? – preguntó Mario el Canario con su voz aflautada.
-Si amigo canario, tenemos a un caballo que no sabe cómo llegar a su casa. – respondió Pastor
- ¿Y yo cómo puedo ayudarlo? – preguntó Mario
- Tú que te la pasas volando sabrás orientarlo para que llegue a su casa – dijo la ardilla.
-En el campo hay muchas granjas, todas de diversos colores, así que no sabría decir cuál de ellas es la casa de nuestro amigo – respondió el canario. Luego de unos segundos de silencio y al ver que el caballito estaba a punto de desmoronarse en un gran llanto, se le ocurrió que Jacobo el Lobo podría ayudarles. Él, como buen caminante podrá decirnos de cual granja procedes. Acto seguido, Mario el Canario afinó la voz y con un cántico armonioso llamó a Jacobo el Lobo. Desde la maleza del fondo emergió una sombra que poco a poco se fue transformando en una silueta con forma definida hasta que los cuatro animales...bueno tres de ellos porque el potrillo no podía, vieron aparecer la figura del lobo.
-He escuchado tu fino cantar y acudo presuroso a ayudar. Dime Mario, ¿en qué te puedo ser útil?- dijo Jacobo con una voz bastante grave, hablaba en ese tono para que los otros animales le tuvieran miedo, pero en el fondo Jacobo era un lobo bueno.
-Amigo Lobo sabemos que todos los días andas merodeando por las distintas granjas en busca de gallinas, ¿podrías decirnos si en alguna de ellas has visto a este caballito que ahora se encuentra ciego y no sabe como regresar a su casa?
El lobo agudizó la vista y lo olfateó de arriba abajo, pero no reconoció a Diego, así que tampoco podía indicarle el camino de regreso a su casa. El caballito ciego se echó nuevamente sobre el lecho de hierbas, la ardilla Padilla iba a decir algo sobre su comida pero se abstuvo en vista de la gran tristeza que rodeaba a Diego. Todos se sentían impotentes porque querían ayudarle, pero al no saber dónde quedaba su casa no podían indicarle el camino. De pronto Diego se levantó de un salto y le preguntó a Mario el Canario.
-Tú has dicho que hay muchas granjas de diversos colores, ¿cierto?
-Sí, si – respondió el canario contrariado porque no sabía exactamente el significado de la pregunta.
-Y tu Lobo al recorrer tantas granjas también te habrás dado cuenta de los colores de cada una.- Y sin dejar que Jacobo el Lobo afirmara o negara nada, agregó. Yo me acuerdo de los colores de mi granja, me la pasaba todo el día brincando de un lado a otro y una de las cosas que más me gustaba  era ver esos colores. Si les digo los colores que ahora no puedo ver, ¿ustedes me podrían guiar con sus voces?
Todos se miraron entre sí, un poco confuso porque no sabían cómo podrían guiarlo. Sin embargo, era tal el entusiasmo de Diego que no pudieron negarse y fue así como el caballito fraguó un plan para que sus nuevos amigos le ayudaran a encontrar el camino de regreso a casa.
-En primer lugar cada uno debe elegir un color o varios porque mi granja tiene muchos colores y no hay otra en todo el campo con los mismos colores. Luego deben afinar sus voces porque a través de sus cantos voy a orientarme. Yo les diré los colores de mi granja y ustedes irán a mí alrededor indicándome con sonidos si ven esos colores.
Fue así como los cuatro animales escogieron sus colores. La ardilla Padilla eligió el naranja y el amarillo; Pastor el Castor el azul y el rojo; Mario el Canario se molestó un poco con Padilla porque él quería el amarillo, pero terminó escogiendo el violeta y el verde; finalmente Jacobo el Lobo escogió el negro y el marrón. Diego les dijo que su granja tenía cipreses verdes, amapolas naranjas, mariposas púrpuras, cercas azules, establos amarillos y todos los atardeceres eran rosas.

Comenzaron su marcha con Mario el Canario cantando una melodía porque todo el camino era verde por la hierba que crecía alrededor. Cuando llegaron al río, Pastor el Castor empezó a golpear con su cola el suelo porque las aguas eran azules. Luego de cruzarlo continuaron con el cántico de Mario porque todo el campo estaba lleno de verdes arbustos. Llegaron a un jardín de flores naranjas y Padilla la Ardilla usó sus dos nueces para avisarle a Diego el color. El caballito se detuvo a oler las flores y comprobó que no eran amapolas sino margaritas, así que continuaron la marcha con Mario cantando. Jacobo mientras tanto resoplaba con su gruesa voz cada vez que se acercaban a un árbol para avisarle a Diego que se apartara a un lado o al otro y así evitar golpearse de frente. El camino continuó a través de terrenos pedregosos y troncos esparcidos y la voz del Lobo sonaba como un eco de ultratumba, intercalada con el canto del canario cada vez que pasaban los pequeños arbustos o encontraban en su camino hermosos pájaros color púrpura, o el repicar de las nueces de la ardilla cuando veían un jardín de flores amarillas o mariposas de grandes alas naranjas, o el golpetear de la cola de Pastor cuando atravesaban los rosales, todos llenos de rosas rojas, o hacían un alto a la vera del río, con sus aguas azules, para calmar la sed. Diego parecía rodeado de una orquesta que le indicaba el camino a seguir según el color que se encontraban. No había pasado mucho tiempo cuando Padilla, Pastor, Mario y Jacobo se detuvieron y como guiados por un director de orquesta ejecutaron todos al unísono su parte melódica para indicarle a Diego que habían encontrado un lugar con todos los colores que el caballito había descrito. Padilla chocaba fuertemente las nueces entre sí porque vio las amapolas naranjas y el establo amarillo; Pastor golpeaba ávidamente el suelo con su cola porque reconoció la cerca azul y el rosa del atardecer que ya caía sobre ellos; Mario trinó con más brío cuando vio un ejército de mariposas púrpuras volando por todos lados, alrededor de muchos cipreses verdes y Jacobo dio un aullido estremecedor cuando vio acercarse una yegua zaina en veloz carrera. Diego quedó maravillado con el sonido de sus amigos, no se dio cuenta de que había llegado a su destino hasta que escuchó la voz de su madre llamándolo. “Diego, hijo mío, has vuelto” y enseguida una lengua suave acarició su cabeza. Aunque realmente no podía ver, supo que estaba en su casa porque pudo reconocer cada color de su granja a través de los sonidos de sus nuevos amigos. No cesaron de tocar sus melodías y el regreso se convirtió en un jolgorio en la granja porque los otros animales también lo celebraron: Tito el Cerdito, la  Gallina Adelina y el Conejo Alejo se unieron a la fiesta bailando y brincando al son de la música de Padilla, Pastor, Mario y Jacobo. Jugaron a escuchar los colores y todos cerraron los ojos para no competir con ventajas y cada vez que alguno de los animales del campo que trajeron sano y salvo a Diego a casa tocaba una melodía, los otros animales decían colores al azar, pero sólo Diego pudo adivinar todos los colores, porque aprendió a escucharlos. Todo era felicidad, pero faltaba una cosa...Diego seguía ciego y tenía muchas ganas de recuperar la vista. Se entristeció al pensar que nunca más volvería a ver. Mario el Canario se dio cuenta de que no estaban todos los colores y pensó que tal vez si lo añadían podía ayudarlo, así que fue hasta las orejas de la Zaina Zarina y le dijo:
-“Zaina Zarina, tú que eres la madre de Diego, representas el amor y sabemos que por muchos siglos el amor ha sido representado por el color rojo, pero como en este caso se trata de la pureza que viene implícita en el amor de madre, tú serás el color blanco y cantarás una melodía para que Diego asocie su sonido al color”.
La zaina Zarina empezó a emitir un arrullo suavecito, casi un susurro. Era la canción de nana que le cantaba a su hijo recién nacido para dormirlo. Poco a poco se le fue acercando y con su lengua limpió sus ojos sucios de tierra. Cuando terminó de limpiarlos, Diego exclamó en voz alta: “Ya veo, ya veo, el color blanco me devolvió la vista”.
-No Diego – dijo el canario – fue la canción de tu madre.

Diego y su madre cruzaron sus cuellos en un abrazo que duró horas y horas, mientras que los otros animales siguieron jugando, los del campo tocaban sus melodías y los de la granja se tapaban los ojos con sus patas y sus alas para adivinar los colores. Y fue así que un caballito aprendió que los colores tienen sonidos y que con un poco de imaginación podremos todos escuchar a los colores. Diego, el caballito ciego me enseñó a escuchar el sonido de los colores.