
Su madre siempre se preocupó en conservar la compostura de su hija para evitar las habladurías, pero Estela no paraba, ya sea encaramándose a los árboles, corriendo detrás de las gallinas o brincando la cerca. La pequeña siempre sabía cómo salirse con la suya. Con palabras zalameras conquistaba el corazón de su padre y aunque nunca le demostró afecto en público, los leves castigos que aplicaba a su hija, se diferenciaban de la severidad con la que trataba al resto de sus hijos.
Así empieza la primera novela que escribí en 1997 "En Buena Compañía" y la ilustro con una foto en homenaje a mi madre y mis tíos
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