

La rivalidad entre las dos cofradías creó un ambiente muy parecido a los que se vivieron en la Verona de los Montescos y los Capuletos. Sin embargo, este conflicto trajo algo bueno y es que cada cofradía, para demostrar el poder del apoyo seglar, comenzaron a vestir a sus imágenes con hermosísimas ropas adornadas de oro, plata y pedrería en un alarde de ostentación de poder y riqueza. Se hizo costumbre alzar los palios sobre los hombros para que el público pudiera admirar los hermosos y costosos ropajes, dando origen a las procesiones con los llamados hombres de tronos o costaleros.
Tanto los de Arriba como los de Abajo hicieron todo lo posible para que en el acompañamiento procesional destacara el esplendor de las armadillas, las imágenes y la vestimenta de los penitentes que usaban túnicas, capirote bajo y cola trasera (el capirote no hay que confundirlo con el capirote alto de las procesiones actuales, ya que éstos comenzaron a usarse en los años cuarenta del siglo pasado). “Los de abajo” monopolizarían el color morado para sus túnicas y las túnicas de los llamados “campanilleros” eran de terciopelo repujados en oro, llevando en el pecho las más suntuosas joyas familiares. Este exceso de lujo creó un nuevo estilo y maneras de procesión, muy distinto a los que se hacían en aquel entonces en otros lugares y que luego copiarían, manteniéndose con el tiempo y que es la forma como procesionan hoy en día en la mayoría de las Comunidades Autónomas.
Nota: La historia y algunas fotos las tomé del blog: Antequera, pinceladas de Manolo Rodríguez (lo curiosos e hitoricista de mi pueblo).
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