miércoles, 25 de diciembre de 2013

3 días en Hamburgo

Llegamos a Hamburgo luego de esperar más de una hora para recoger nuestro equipaje. Tanto que se habla de que en Alemania se vive fabulosamente bien, pero en temas de atención al público no son tan fabulosos, no solo porque por primera vez en todos mis viajes he tardado tanto esperando por mi maleta, sino que a lo largo de los tres días que estuve allí la atención en algunos lugares dejó mucho que desear. Y luego critican a los españoles.  Lo cierto es que los planes que teníamos para ese día se desvanecieron con esa pérdida de tiempo. Al final, ni una explicación, mucho menos una disculpa por la demora. Todos los pasajeros procedentes de Málaga, esperando y desesperando por no saber lo que pasaba. Nuestro único consuelo fue ver a pasajeros procedentes de otros países y otros vuelos en el mismo dilema.
                Una vez que apareció nuestro equipaje por la cinta rodante (ley de Murphy en mi caso porque mi maleta fue una de las últimas en salir), tomamos un taxi y nos dirigimos al hotel. Eran casi las 10 de la noche y aún no habíamos cenado. Así que nos dirigimos en metro al centro (afortunadamente una entrada del metro estaba saliendo del hotel  y el centro quedaba  cuatro estaciones más adelante) para dar unas vueltas y buscar un sitio donde comer. Lo malo de estas ciudades tan frías es que después de ciertas horas (muy tempranas horas para los que estamos acostumbrados a vivir en países más tropicales y con mejores climas), la mayoría de los negocios están cerrados y los restaurantes abarrotados porque es lo único abierto. Ni siquiera el mercadillo navideño que está frente al Ayuntamiento estaba abierto, llegamos justo en el momento en que recogían y apagaban las luces. Nos pusimos a caminar para ver la decoración navideña, ubicarnos un poco en el lugar y buscar un sitio donde pudiéramos comer. Esa noche no disfruté mucho porque entre el cansancio del viaje (tres  horas y cuarto de vuelo en un asiento un tanto incómodo y eso que no volé por Ryan Air), la espera en el aeropuerto y el frío que se te calaba me hicieron pensar si había sido buena idea haber ido a Hamburgo.  Después de casi 40 minutos dando vueltas y al filo de la media noche encontramos un restaurante italiano donde nos metimos a comer pasta. Había un buen ambiente, jóvenes tomando cervezas, grupos de amigos charlando y un calorcito que te incitaba a quedarte allí relajado un buen rato. Nos sentamos al lado de una ventana desde donde veíamos la calle y para nuestra sorpresa comenzó a nevar, menos mal  que habíamos ido bien apertrechados por lo  que no nos preocupó ver los copos de nieve caer. Todo parecía estar mejorando y mis pensamientos anteriores se esfumaban poco a poco y surgía en mí el ánimo de que quizás, al día siguiente, lo disfrutaría más. Pero la noche me tenía reservada una última sorpresa. El menú estaba en alemán y “supuestamente” debajo de cada comida estaba en inglés. Entre que el inglés parecía papiamento y las letras eran tan chicas y la luz tenue del lugar no ayudaba,  mi cansada vista no leyó lo que contenía lo que pedimos, terminamos comiendo una pasta picante. ¡Menudo día!
                Al día siguiente, luego de combatir la acidez de la pasta y dormir con incómodas almohadas, empezamos nuestro recorrido por el casco histórico. Hamburgo es una ciudad portuaria bañada por el río Elba donde hay una constante actividad comercial y desde tiempos remotos ha sido la entrada de los países nórdicos al territorio peninsular europeo. Por lo tanto, es típico ver grandes naves de almacenamiento cuyo atractivo son sus fachadas rojas que le dan un toque de color al lugar. Se dice que es la Venecia del norte por los innumerables canales que tiene (lo mismo he escuchado de Ámsterdam así que no se cual de las dos ciudades fue la primera en ser llamada así, pero si yo tengo que escoger una, definitivamente pienso que la capital holandesa encaja mejor en ese término). Empezamos visitando las iglesias de St Petri y St Jacoby, dos iglesias gemelas ubicadas una al lado de la otra. La primera data del Siglo XI, fue construida en estilo gótico y se tardó poco más de 200 años en edificarse. Ha sido catedral tanto para la iglesia católica como para la protestante, específicamente la religión Luterana y su puerta de bronce con el león es la obra de arte más antigua que existe en Hamburgo. A lo largo de la historia esta iglesia ha sido reconstruida en diferentes ocasiones debido a que se ha incendiado, ha sido bombardeada, ha sido derribada parte de su estructura para construir bancos y grandes almacenes a su alrededor. Total que poco queda de la original. Su característica más resaltante es la torre construida en 1516 y la aguja que corona la torre construida en 1878. Este estilo es característico de todas las iglesias que vi en Hamburgo. La St Jacoby (que yo llamo la gemela de St Petri porque su arquitectura se parece mucho, la única diferencia que la de St Jacoby es más grande), fue construida en los Siglos XIV y XV y, al igual que la de St Petri, queda poco de la estructura original porque fue prácticamente destruida durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.  Esta es una iglesia evangélica dedicada a Santiago y no a Jacobo como muchos erróneamente piensan debido al nombre (supongo que Jacobi en alemán significará Santiago y no Jacobo) y lo más relevante son sus tres altares medievales y su órgano Schnitger que está considerado el más grande del norte de Alemania.
Luego de esa breve parada nos acercamos a la Casa de Chile, construida en 1923 por el arquitecto Fritz Höger. Un edificio de oficinas emblemático de la ciudad porque posee forma de barco varado (su punta elevada se asemeja a la proa de un buque), con un lado en S y una culminación escalonada que parece una enorme cornisa invertida. Este edificio es patrimonio de la humanidad. Después de tomar algunas fotos, nos fuimos en busca de la iglesia St Michelle, la más conocida de Hamburgo. También de origen protestante y símbolo de la ciudad. Su primera construcción data de 1647, pero según una placa la versión actual es la tercera reconstrucción que se hizo alrededor de 1786. Tiene un elevador donde se accede a lo alto de la torre (la segunda más alta de Hamburgo) para ofrecernos una fabulosa vista de toda la ciudad en sus cuatro puntos  cardinales. Lo único malo fue el frío y el viento que hacía en lo alto que no me permitió disfrutar mucho tomar las fotos porque lo que más deseaba era entrar al calorcito del interior de la iglesia. De todas las iglesias que visité, el interior de St Michelle fue el que más me gustó y lo que me llamó la atención fue el árbol de Navidad al lado del altar mayor (nunca antes había visto un árbol de Navidad dentro de una iglesia). La entrada está coronada con la estatua de bronce del Arcángel San Miguel en cuyo honor fue construida. Esta iglesia tiene dos atracciones turísticas, una que cada día desde las 10 de la mañana y las 9 de la noche suena un solo de trompeta que se escucha en los alrededores de la iglesia, la otra atracción es que desde 1961 después del mediodía y cada quince minutos suena una música proveniente del órgano principal (durante mi visita sonaron villancicos), envolviendo a la iglesia en un ambiente especial.
Como estábamos cerca de la zona portuaria, intentamos acceder al puerto en busca de los barcos que hacen el recorrido por el Elba y sus canales, pero nos llevamos una decepción porque en invierno no se hacen esas rutas fluviales. Así que si queríamos hacer un recorrido en barco debíamos pensar en el lago artificial Alster, cerca del Ayuntamiento, pero como estábamos algo retirados de ese lugar decidimos dejarlo para otro día. Continuamos nuestro recorrido y llegamos a la Iglesia St. Nikolai. Esta iglesia era de estilo neogótico y una de las  más grandes de Hamburgo, lamentablemente está en ruinas porque fue destruida en la Segunda Guerra Mundial y fue una de las pocas edificaciones que no reconstruyeron para dejarla como testimonio de lo que pasó con Hamburgo en la Segunda Guerra Mundial.  Durante un par de años en el S. XIX fue considerado el edificio más alto del mundo. Actualmente la única estructura que se mantiene en pie es la entrada principal, el resto es ruinas. Esta iglesia fue una de las primeras en construirse en Hamburgo allá por el S. XII y como la mayoría de los monumentos y edificios de la ciudad sufrió numerosas reconstrucciones debido a los incendios y expolios que vivió a lo largo de muchos siglos hasta terminar finalmente como la ruina que es hoy en día, aunque de un gran atractivo turístico porque de todas las iglesias que visité esta me pareció la más auténtica, la que me llevó realmente a ver la historia de Hamburgo como una historia interesante y por la que pagué un viaje. Las demás iglesias, aunque tenían cierto atractivo, no eran las originales sino múltiples reconstrucciones hechas en este siglo, por lo que combinaban estilos que no me cuadraban del todo, podías ver una pared de adobe y ladrillos de la mitad para abajo, pero de la mitad para arriba hasta el techo era cal y cemento haciendo que se perdiera el encanto. En el sótano de la iglesia St Nikolai se habilitó un espacio donde se exhiben fotos de la construcción original y la historia de la iglesia.
Después de este largo paseo, ya eran casi las dos de la tarde y nos regresamos al centro a comer, había que apurar porque en tiempo invernal empieza a oscurecer temprano. Pasamos por el Ayuntamiento de Hamburgo, uno de los sitios más emblemáticos de la ciudad, aunque honestamente no me gustó tanto, sólo el ambiente festivo navideño del mercadillo que tenía enfrente le dio vida a la visita. La fachada del Ayuntamiento es de estilo neorenacentista, pero en el interior se mezclan diferentes estilos. El vestíbulo es un espacio abierto donde se realizan conciertos y exposiciones. En esta ocasión con motivo de la Navidad había una exposición navideña. Se podía hacer un tour guiado al interior del Ayuntamiento, pero por razón de tiempo no lo hicimos. La mejor vista de la fachada es cuando hay bastante luz natural, porque de noche lo iluminan con luces muy tenues y no se puede apreciar muy bien su belleza. Está frente al lago Alster y las fotografías tomadas desde ese punto son muy apreciadas por los fotógrafos ya que captan la silueta de esa parte de la ciudad. Averiguamos los recorridos en el barco por el Alster y nos dimos cuenta que lo podíamos hacer a pie y ahorrarnos los 15 euros de su coste, ya que con el frío que hacía, seguramente no lo íbamos a disfrutar, mucho menos estar en el exterior tomando fotos (lo sé por experiencia cuando fui a Lake Tahoe en Nevada en época invernal apenas si podía estar en el interior del barco sin tiritar del frío). Así que lo siguiente que hicimos fue visitar los diferentes mercadillos navideños que había a lo largo de la ciudad y recorrer uno de los centros comerciales más grandes de Alemania, el Europa Passage. Los mercadillos parecen ser los lugares de entretenimiento de los hamburgueses. Estaban a tope, especialmente los kioscos dedicados a las bebidas. Es típico tomar vino tinto caliente con canela llamado Glühwein. El olor de esa bebida inundaba el ambiente. También es típico el Franzbrötchen, unas fritangas de harina espolvoreada con azúcar glasé o canela (en mi caso lo pedí con Nutella, pero  craso erros entre el aceite de la fritanga y el chocolate de la Nutella me dio dolor de estómago, así que si lo van a pedir no lo pidan con Nutella). Terminamos el día yendo al Barrio Rojo de Hamburgo, pero más que rojo resultó algo rosa porque apenas vimos unas pocas sex shop a lo largo de la avenida principal. No entendía su atractivo turístico (en Ámsterdam y Berlín esas zonas eran más representativas de su nombre), hasta que nos topamos con la famosa calle donde está prohibida la entrada de mujeres y menores de edad, aunque no llegamos a comprender como lo controlaban porque si bien es cierto que no es fácil de conseguir y está cerrada con murales de hierro, no hay vigilancia (a menos que hubieran cámaras ocultas y no las vimos) y cualquiera puede entrar si se lo propone. Esa calle está compuesta por aparadores a ambos lados donde las mujeres se exhiben con poca ropa, muy al estilo del barrio rojo holandés. La única diferencia que los aparadores alumbrados con luces rojas son mujeres y los alumbrados con luces azules son travestis, pero a la vista se veía la diferencia. Hicimos un recorrido rápido porque nos movió más la curiosidad de lo pintoresco del lugar que otra cosa.

Viaje a Lübeck
                Si comparo mi vista a Hamburgo con la visita que hice a Lübeck, me quedó con Lübeck por sentirlo un lugar más auténtico. Su casco histórico conserva los trazos medievales que lo han llevado a proclamarlo Patrimonio de la Humanidad, por su originalidad, su buena conservación y su ambiente. El viaje en tren tarda una hora y es bastante agradable ver los campos y praderas del interior bañado con una delgada capa de nieve. Al llegar lo primero que hicimos fue cruzar la Puerta de Holsten que da entrada al recinto medieval. Su forma característica la han convertido en el símbolo de la ciudad. La puerta consiste en dos torres semi-redondas, rematadas con sendos techos cónicos. Está construida en ladrillo y es del llamado estilo gótico báltico. Al entrar fuimos directamente al Café Niederegger para desayunar. Este café es muy conocido y altamente turístico. Allí son famosos los mazapanes y las tartas. Subimos a la segunda planta y nos sentamos cerca de una ventana. El lugar estaba decorado para la ocasión con guirnaldas y luces. Aquí nos llevamos la segunda decepción del servicio al cliente, a pesar de que cuando llegamos éramos pocos, tardaron más de 20 minutos en traernos el desayuno que pedimos y no se trataba de gran cosa sino de  embutidos, huevos pasados por agua y tostadas. Eso sí, la presentación fue elegante y diría que adecuada al precio que pagamos. Una vez satisfecho el apetito nos fuimos a recorrer el casco histórico. Empezamos por el mercadillo y el Ayuntamiento. Este edificio  alza sus elegantes muros de ladrillo oscuro barnizado y descansa sobre una galería porticada que data del año 1250. Frente al Ayuntamiento está el tradicional mercadillo navideño, aunque normalmente hay un mercadillo de frutas y verduras, pero debido a la temporada cambia el motivo. Detrás del Ayuntamiento está la Iglesia de Santa María. Es la iglesia principal de Lubeck, en su interior se pueden encontrar las campanas derrumbadas durante el bombardeo de 1942, además de un enorme "astrolabio" que para los amantes de las astrología es una pasada pues documenta todos los días del año hasta 2080 con sus lunas llenas y todo. Como nota curiosa en una de las entradas se encuentra la estatua en bronce de un diablo sentado y el cartel expuesto dice textualmente: “Cuando se puso la primera piedra de la iglesia, el diablo pensó que se iba a construir una taberna, así que empezó a ayudar a los trabajadores, cuando ya se había construido bastante se dio cuenta que aquello no tenía pinta de bar, si no de una iglesia, así que muy enfadado cogió una piedra para destruirla. Los trabajadores hablaron con él, y le dijeron que no se molestara, que se le construiría justo en frente de la iglesia, una taberna en el ayuntamiento”. Bueno no sé si había una taberna frente al Ayuntamiento, pero si varios puestos de mercado donde vendían bebidas alcohólicas y quesos procedentes de distintos países del área.
                En Lübeck nos dedicamos a recorrer las diferentes iglesias construidas en la ciudad, para ser un casco histórico pequeño hay como muchas edificaciones religiosas. Luego de la visita a Santa María, visitamos la Iglesia de St Jakobi, comúnmente conocida como la iglesia de los marineros. En su interior hay un bote salvavidas rescatado del velero Pamir que se hundió en 1957 y, al parecer, fue una gran tragedia para los lugareños. Ese bote se conserva como recuerdo de ese fatal día. Luego fuimos a la Iglesia de San Pedro, pero estaba en restauración por lo que pasamos de largo, solo tomamos fotos de su fachada. Después visitamos la catedral que curiosamente no es la principal iglesia, pero si el edificio más antiguo en pie de la ciudad. Su construcción data de  1173 y originalmente era de estilo románico, pero la reconvirtieron en estilo gótico 50 años después de su edificación al construirle naves colaterales elevadas a la misma altura que la nave principal. Lo más bonito del interior el crucifijo de 17 metros en el altar mayor y las tallas que decoran el coro.
                Después del agotador recorrido y con una incipiente lluvia mojando nuestro camino, decidimos ir a un restaurante a comer algo típico. Y aquí nos dieron el tercer mazazo al atendernos y quizás el peor de todos. Primero entramos y cuando pedimos la mesa los empleados pasaban de nosotros, luego se acercó una señor, supuestamente la dueña, y de malos modos nos dijo que pasáramos y nos sentáramos donde quisiéramos (bueno supongo que eso fue lo que dijo porque lo que dijo, lo dijo en alemán, pero sus gestos nos hizo pensar eso). Cuando estaba quitándome el abrigo, siento que me empujan como apartándome y era la señora para tirarnos literalmente el menú sobre la mesa. Como estaba en alemán, le pedimos uno en inglés y nos trae al rato otro pero también estaba en alemán. Cuando logro decirle que no está en inglés, me lo arrebata de las manos y lo vuelve a tirar a la mesa señalándome que en inglés está en las últimas páginas. Estuvimos a punto de levantarnos e irnos y no lo hicimos porque ya era tarde, teníamos hambre y a las 17 horas salía nuestro tren de regreso a Hamburgo. Al final, le dijimos a la camarera que nos atendió que hablaba más o menos el inglés que le dijera a la señora que era una  maleducada y una horrible persona (claro de seguro no le habrá dicho nada). Una vez que comí un bistec empanado con verduras (algo muy parecido a los Wiener Schitzel que tan rico comí cuando estuve en Viena. Finalizamos nuestra visita con un recorrido por la parte comercial de la ciudad y de regreso a Hamburgo.

                El día previo al regreso a España teníamos planes de ir a Bremen, pero el cansancio pudo más que las ganas. Bremen es una ciudad que está a hora y cuarto en tren y también es Patrimonio de la Humanidad. Decidimos mejor conocer más a fondo a Hamburgo, ir quizás a un museo o una de las tanta galerías, pero el día se nos fue recorriendo a pie el barrio St. George (barrio donde estaba nuestro hotel), visitar la Estación Central y verla con más detenimiento. Normalmente la mayoría de las Estaciones Centrales de trenes son estaciones terminales, pero esta no. Es una estación transitoria de trenes de larga distancias, trenes de cercanías y metro. Dicen que es la segunda más importante de Europa después de la estación París Nord.  Fuimos a la otra orilla del lago artificial Alster a ver las siluetas de la ciudad, nos dimos cuenta que Hamburgo es una ciudad fácil de recorrer a pie porque todo lo verdaderamente importante está cerca del Ayuntamiento. Estos días no dieron para más, fue un viaje improvisado y relámpago aprovechando el puente de la Constitución. Como quedó pendiente la visita a Bremen, quizás un fin de semana de estos largos viaje a Bremen y me acerque nuevamente a Hamburgo a conocer otras cosas. Aunque me gustó el viaje, me esperaba encontrar una ciudad más auténtica, pero por desgracia la guerra hizo que Hamburgo sea una ciudad totalmente reconstruida. 

domingo, 4 de agosto de 2013

Lisboa: ciudad dividida por el Tajo

Lisboa no es una ciudad que te enamora a primera vista, tienes que pasar varios días entre sus calles y barrios para descubrir su belleza. No es una ciudad monumental como París o Londres, no se parece a una ciudad de cuentos de hadas como Praga o Brujas, ni siquiera es una ciudad práctica como Nueva York o Barcelona. Es una ciudad decadente, sucia y ruidosa, con un centro histórico conformado por calles empinadas que te conducen a barrios que parecieran haberse detenido en los años 70. Y es justamente esa decadencia, ese vivir en el pasado de espaldas a la modernidad, conservando cierto candor e inocencia, lo que termina atrapándote a lo largo de los días. Mi primera experiencia en la capital portuguesa no fue positiva. Caminé cuesta abajo el barrio de Graça, pasando por el barrio de Alfama, hasta llegar a pocos metros del puerto y a mi paso lo único que vi fueron edificios abandonados, quemados y a punto de derrumbarse. Mi compañero de viaje me hizo la observación de que se sentía como el protagonista de la película El Pianista, caminando por una ciudad en ruinas producto de la guerra. Y es que Lisboa tuvo que reinventarse a sí misma porque si no fue la guerra (me enteré que el monumento Cristo Rei, un Cristo similar al Cristo Corcovado de Brasil, fue un monumento que los cardenales portugueses prometieron levantar si Portugal no entraba en conflicto durante la Segunda Guerra Mundial. Como así fue, en 1959 inauguraron esta enorme estatua de 110 metros de altura coronando la cima de la única colina que hay en la pequeña ciudad de Almada), fueron las fuerzas de la naturaleza que se ensañaron con esta metrópolis en 1755 con un potente terremoto, acompañado por un letal tsunami y un abrasador incendio que destruyó por completo la ciudad y ocasionó más de 100 mil muertes. Por eso, de la nada, los portugueses tuvieron que levantar esta ciudad que perdió en parte el esplendor de su época dorada (la mayoría de las edificaciones fueron reconstruidas siguiendo estilos diferentes al original) pero que, sin embargo, ganó un estilo propio difícilmente visto en ninguna otra ciudad europea.

Hay cuatro cosas que me llamaron poderosamente la atención: los viejos tranvías que recorren sin parar de un extremo a otro cada uno de los barrios que conforman el centro histórico, los elevadores que unen la parte baja a la parte alta, los azulejos que decoran muchas fachadas de casas y edificios y su olor. Hay ciudades que son recordadas por su olor, por ejemplo, el olor a chocolate me hace recordar a Bruselas, el olor a flores me hace recordar a Amsterdan, el olor a leña quemada me hace recordar a mi querida Málaga (por sus espetos) y Lisboa huele a pescado (específicamente a sardina). Y aunque uno puede pensar que es desagradable, pues no, terminas acostumbrándote y a identificar a la ciudad con ese olor y la evocas como algo característico que va intrínsecamente ligado. Estos detalles son los que a la larga te atrapan y te hacen disfrutar de la ciudad, amén de otros que también forman parte de la idiosincrasia portuguesa. Pero como dije antes el viaje no empezó con buen pie y sumado a que la primera impresión no fue buena, estuvo el hecho de habernos perdido durante un buen rato, dando vueltas en círculo y terminando siempre en el mismo punto. Y eso que teníamos un mapa general y apelamos también al GPS del móvil, pero nada, no entendíamos el por qué nuestros pasos nos conducían siempre al mismo sitio si seguíamos las indicaciones tanto del mapa como del GPS, al final terminamos tomando un taxi para ir al apartamento que habíamos alquilado. Menos mal que la brisa vespertina proveniente del río Tajo nos dio una sensación térmica inferior al tiempo veraniego, haciéndonos más agradable la caminata.

Al día siguiente, más descansados y con las ideas más claras, entendimos el por qué no dimos con el camino a casa la noche anterior y es que se hace difícil trazar en 2D la geografía del centro histórico. Lisboa está conformada por un conjunto de calles empinadas (muy al estilo de San Francisco, este hecho y el puente 25 de Abril por su parecido al Golden Gate fueron dos recordatorios constantes a la ciudad californiana) que se bifurcan en numerosos callejones, que a su vez se unen a otras calles y “callecitas”, convirtiéndola en un verdadero laberinto imposible de plasmar en papel, más aún si la ciudad se divide en dos partes (alta y baja) y muchas de las calles principales que comienzan en la parte baja se mezclan con callejones en la parte alta y que no se reflejan en los mapas. Una vez que entendimos eso, trazamos una ruta para regresar a casa sin perdernos de nuevo y fue llegar siempre a la parada del tranvía cercana a la Iglesia de la Magdalena y allí tomar el tranvía 28 dirección Martim Moniz y bajarnos en la Iglesia San Vicente de Fora, la parada más cercana al apartamento. Eso nos evitó tomar taxis cada dos por tres o caminar sin dirección ni rumbo buscando el camino a casa. Ese segundo día empezamos a disfrutar de la ciudad. Lo primero que hicimos fue ir a la parte moderna para quitarnos de la cabeza la mala impresión del día anterior. Tomamos el metro, un metro bastante moderno aunque sus trenes y estaciones reflejan un poco la decadencia que vimos pero con la diferencia de estar mejor cuidados y limpios y cumplir al pie de la letra los tiempos de espera reflejados en las pantallas. Caminamos por el Centro Comercial Vasco de Gama, muy al estilo de los malls americanos e hicimos un recorrido por el Parque de las Naciones, lugar donde se llevó a cabo la Exposición Mundial de 1998. Acontecimiento que cambió definitivamente la cara de Lisboa modernizando esa parte de la ciudad y adaptándola a los tiempo actuales. Su Acuario es uno de los más completos y espectaculares de Europa (aunque no llegué a entrar porque no me apeteció en ese momento) y los pabellones se reutilizaron para levantar escuelas y centro de enseñanzas profesionales (a diferencia de los pabellones de la Expo de Sevilla que terminaron abandonados y en desuso al día de hoy). Me monté en un telecabina para ir de un extremo a otro del Parque y desde arriba apreciar el puente Vasco de Gama (el puente más largo de Europa y de reciente construcción. Vino a dar un respiro al puente 25 de Abril, único hasta entonces que unía las dos orillas del Tajo para formar una única Lisboa), la inmensidad del río Tajo y su desembocadura en el Atlántico y tener una panorámica de la parte moderna, con sus edificios altos, sus casas y chaléts adosados, sin tener nada que envidiar a las urbanizaciones de otras capitales. Pero esa parte moderna me supo a poco, no era la ciudad que quería ver. Mi concepto de Europa es distinto a eso. Yo quería ver joyas de la antigüedad preservadas en el tiempo y desde donde se construyeron los cimientos de la historia actual. Eso es lo que significa para mi este hermoso continente.

Así que decidí volver a la parte antigua y empaparme de esa decadencia que encontré. Por la tarde de ese segundo día recorrimos las principales plazas como la Praça Da Figueira, la Praça de los Restauradores, la Praça de Comercio, la Praça del Marquéz de Pombal y la Praça Pedro IV, mejor conocida como la Plaza del Rossio, por la estación del metro del mismo nombre. Una de las características en común de todas estas plazas es que son espacios abiertos sin ningún tipo de decoración, salvo la estatua plantada en todo el centro del espacio y que le da nombre a la plaza. No hay jardines, no hay bancos para sentarse a disfrutar de la plaza. Sólo la plaza Pedro IV tiene añadida un par de fuentes ubicadas a cada extremo. La plaza que más me gustó fue la Praça de Comercio, por estar ubicada a la ribera del río Tajo, porque era el final de la Rúa Augusta (la principal calle comercial del centro) y porque viene precedida de un mini Arco del Triunfo que fue construido para celebrar la reconstrucción de la ciudad después de su destrucción tras el terremoto. Esta es la plaza más emblemática de Lisboa porque la construyeron sobre las ruinas de lo que fue el Palacio Real. En este recorrido descubrí otro detalle que diferencia a Lisboa del resto de las ciudades que he visitado: sus aceras. Las calzadas y calles están formadas por adoquines y mosaicos conocidos como “el empedrado portugués” y buscando información sobre esta particularidad encontré que, si ya sé que todo tiene el mismo origen, debido al terrible terremoto, decidieron reutilizar los muros y piedras de los escombros de las construcciones venidas abajo tras la catástrofe y convertirlos en adoquines para asfaltar las aceras y las calles. Todo para abaratar costes y aprovechar recursos. De esa tragedia surgió algo original y por la que Portugal comenzó a ser conocida en el mundo. También subí a la parte alta por el elevador de Santa Justa. Es curiosa esta forma de ir de un barrio a otro. Se construyó en 1900 y la idea original era unir los barrios de Baixa con Chiado y así facilitarles la vida a los ciudadanos que tenían que subir empinadas colinas para ir a sus casas o a sus lugares de trabajo. Este elevador es el más destacado por su estilo neogótico y porque utilizaron algunas de las técnicas y materiales aplicados a la famosa Torre Eiffel de París. El mismo ticket que usas para el metro y el tranvía te sirve para subir por aquí. En la ciudad existen varios elevadores que unen distintos puntos. Yo usé éste y el elevador de Gloria (el último día) que une el Barrio Alto al Barrio La Estrela. Al subir por Santa Justa llegas al antiguo Convento Do Carmo hoy en día en total ruinas, pero que en su interior se preservan algunos restos romanos que son la atracción turística del lugar. Decidimos sentarnos a tomar algo refrescante en la plaza que está enfrente del Convento y terminamos de pasar una velada agradable escuchando a los músicos callejeros y refrescándonos con la suave brisa de la tarde. Tan bien la pasamos, que repetimos experiencia el último día en la ciudad.

El tercer día decidimos ir a Belém, una ciudad dormitorio ubicada a 25 minutos en tren de Lisboa. Aquí está la famosa Torre de Belén, el Monasterio de los Jerónimos y el Monumento a los Descubridores Portugueses. Ese día, además de admirar los monumentos que vimos, descubrí otra razón para gustarme la ciudad: su gastronomía. Yo que no soy muy afecto a comer pescado, probé el bacalao más rico que me he comido en toda mi vida. Y es larga la lista de formas de preparar el bacalao que tienen los portugueses y no solo el bacalao sino las sardinas, las doradas, los mariscos. Creo que en este viaje he comido más pescado seguido de lo que había comido hasta entonces. También tuve la oportunidad de probar la Cataplana, el arroz con mariscos y el puerco alentejano, todos con ingredientes provenientes del mar. Otra delicia que probé fue el pastel de Belem, un dulce típico hecho a base de hojaldre y crema. La panadería de Belem, creadora del famoso dulce, tenía una cola larga a su entrada de los turistas deseosos de probarlos. Como hacía mucho calor y no estábamos de ánimos para esperar bajo el sol, decidimos comer el famoso dulce en otra pastelería unos metros más adelante y nos supo igual de sabroso. De los monumento, decir que la Torre de Belem tiene las influencias islámicas y orientales que caracterizan el estilo manuelino, estilo propio que distingue la mayoría de las edificaciones y reconstrucciones portuguesas. Fue un centro de recaudación de impuestos para entrar a la ciudad desde el mar, ya que se encuentra a la ribera del río Tajo. El Monasterio de los Jerónimos fue un monasterio de la orden de los Jerónimos de estilo totalmente manuelino que mandó a construir el rey de Portugal para celebrar el regreso del descubridor Vasco de Gama. Aunque no entramos porque la cola era monumental, disfrutamos de su exterior. Es hoy en día la edificación antigua mejor cuidada y preservada de Lisboa y la parte más espectacular es su portada meridional que conjuga diferentes estilos arquitectónicos, además del manuelino, como el gótico y el renacentista. Y por último, el monumento a los descubridores. Un monumento creado para celebrar los 500 años de la muerte de Enrique el Navegante, reconocido cartógrafo que sentó las bases para el posterior desarrollo del imperio colonial portugués. Este monumento tiene forma de carabela y en ambos lados están talladas las figuras del propio Enrique, junto con los héroes portugueses fuertemente ligados a los descubrimientos, así como famosos navegantes, cartógrafos y reyes. Fue interesante conocer (y si lo sabía no me acordaba) que Portugal jugó un papel importante en el descubrimiento de nuevas tierras, especialmente en el continente africano.

De regreso a Lisboa, aprovechando que en el tren te deja cerca de la estación portuaria, tomamos un transbordador para ir a Calinha, en la otra orilla del Tajo y subir la colina del barrio de Almada para visitar la réplica del Cristo Corcovado de Brasil. Esta estatua mide 110 metros de altura y el pie del pedestal es un mirador desde donde se puede observar toda la costa lisboeta, la inmensidad del río Tajo y el famoso puente réplica del Golden Gate.
El cuarto día fuimos a Sintra, una ciudad Patrimonio de la Humanidad ubicada a 35 minutos en tren. En este poblado está el palacio veraniego de los últimos reyes de Portugal, el Palacio Da Pena, esplendido lugar que tiene una historia relativamente nueva porque data de finales del S. XIX, También está el Castillo Dos Mouros, una fortaleza árabe parecida a las Alcazabas de Andalucía. Hoy en día se preservan las murallas que conformaron esta fortaleza mora y se hacen excavaciones arqueológicas para seguir desenterrando la ciudad que un día fue. El pueblo de Sintra es pintoresco y con mucho turismo (por lo que es muy caro, sobretodo para comer). Ese día lo tomamos en plan relajado y por relajarnos tanto nos perdimos la oportunidad de ir a la Quinta Regaleira, un palacio aristocrático de principios del S.XX, considerado patrimonio de la humanidad. La verdad que fue una lástima porque al ver los fotos por Internet me di cuenta que no fue buena la decisión de sentarnos en una cafetería a tomarnos una bebida refrescante y luego quedarnos allí dejando pasar el tiempo hasta tomar el siguiente tren rumbo a Lisboa. Lo único que me consuela es que Portugal está muy cerca de España y es un viaje que se puede realizar en cualquier momento cuando los bolsillos no dan para otro viaje más ambicioso. Así que esa visita la tendré anotada en la agenda para no perdérmela la próxima vez. Al regresar a Lisboa esa tarde, decidimos tomar el tranvía 28 y hacer el recorrido de principio a fin. Estuvimos hora y media paseando por tres de los barrios más emblemáticos de la ciudad: Baixa, Chiado y el Barrio Alto y la experiencia fue gratificante por lo pintoresca, especialmente cuando transitábamos por las estrechas calles de los barrios altos, tan estrechas que casi rozábamos las fachadas de las casas y los caminantes tenían que pegarse a las paredes para no ser atropellados.

El quinto día hicimos dos recorridos: la Lisboa de la Edad Media y el Barrio Alto y la Estrela. La primera parada fue el Castillo de San Jorge, una antigua Alcazaba convertida en castillo con la reconquista cristiana. Está situado en lo alto de una colina y para acceder a él se debe subir una empinada calle que te deja sin aliento al llegar a la cima. Este castillo, junto al Cristo Rei, por estar ubicados ambos en lo alto, son los dos monumentos que pueden visualizarse desde cualquier punto de la ciudad. La mayor fortaleza lusitana conserva en buen estado sus murallas y atalayas, desde donde se tiene una hermosa panorámica de la ciudad. También hay restos arqueológicos que indican que mucho antes de que los árabes dominaran esas tierras, se había asentado el Imperio Romano, por lo que hay restos arqueológicos de las varias etapas por las que pasó esta fortificación. Luego fuimos a la Catedral. Yo no soy católico, pero las edificaciones que más me gusta ver cuando voy a cualquier ciudad europea son las catedrales. Hasta ahora para mi la más impresionante ha sido Il Duomo, la catedral de Milán. Tenía muchas expectativas por ver la de Lisboa porque los países mediterráneos (Portugal no linda con el Mediterráneo, pero si tiene una fuerte tradición católica) se sienten orgullosos y preservan con celo sus catedrales. Sin embargo, me decepcionó la de Lisboa. No tiene nada, es un edificio reconstruido en forma plana que desprende un aire vetusto porque ni siquiera tienen cuidada su fachada. En el interior se preservan algunas columnas que sirven de soporte a una pared trasera hecha con el fin de cerrar el recinto, por lo que no tiene nada de espectacular. Más espectacular me pareció la Iglesia La Estrela de reciente construcción. Algo que me pareció curioso es que para tomar fotos en el interior de cualquiera de las iglesias había que tramitar un permiso, por supuesto yo no lo hice y las pocas fotos que tomé sin flash fue aprovechando el descuido del vigilante, mientras regañaba a otras personas que hacían caso omiso al cartel informativo. La verdad que es una lástima porque la historia de la Catedral La Sé (así se llama en realidad) en nada merece esta edificación. Ese día visitamos otras iglesias como La Magdalena (nuestra referencia para no volvernos a perder), Sao Antonio, Sao Vicente de Fora y La Estrela. La fachada más llamativa la de Sao Vicente de Fora, el interior más bonito la de La Estrela. También fuimos al mirador Porta Do Sol para contemplar el Tajo (por ser una ciudad asentada en una colina existen varios miradores) y al terminar el día volvimos a la plaza del Convento Do Carmo a sentarnos a terminar de disfrutar la tarde, tomándonos una bebida refrescante y escuchando a los músicos callejeros.



Los dos últimos día en Portugal los pasamos en el Algarve, la zona playera por excelencia. Ubicado en el extremo sur del país y muy cerquita de la frontera con España. Sus playas son distintas a las playas españolas y realmente espectaculares porque la mayoría de ellas se hayan al fondo de un acantilado, rodeado por inmensas rocas que le dan un aire paradisíaco. Es una aventura ir a una de esas playas porque depende de cual sea, te toca bajar unas empinadas escaleras para llegar, algunas son hechas por el hombre, perfectamente transitables como la de la Praia Da Marinha y otras son talladas en la piedra y de difícil acceso como la de la Praia Da Carcoveiro, la cual representó toda una odisea para nosotros bajarlas y ni les cuento subirlas, parecíamos alpinistas. El Algarve es una zona grande, por lo que nos concentramos en conocer Carcoveiro y Lagos, dos centros turísticos no tan transitados como las conocidas Albufeira o Portimao que resultan insoportables en temporada alta por la gran cantidad de turistas (a menos que uno esté buscando mucha movida), pero como no fue nuestro caso, disfrutamos mucho de la tranquilidad que nos aportaron ambos pueblos. En resumen, me gustó Portugal y repetiría la experiencia.

sábado, 25 de agosto de 2012

Experiencia repetida

Ya lo dije el año pasado, en mi travesía por el Mediterráneo conocí personas que habían hecho más de 10 cruceros y me dijeron sin temor a equivocarse que esto de viajar por el mar engancha. Yo no he sido la excepción y por segundo año consecutivo he escogido un crucero para pasar mis vacaciones. Esta vez hice un recorrido por el Mar Adriático tocando la costa oriental italiana y la costa Dálmata donde los nuevos países surgidos de la antigua Yugoslavia, ofrecen un paraíso natural e histórico al visitante. Cambié de compañía, esta vez no lo hice con el Princess (los precios eran más caros y las rutas que estaban a mi alcance no me atraían), sino con Celebrity, navegando en su barco Silhouette, el de más reciente construcción. Como buenos viajeros mi compañero de viajes y yo nos hemos acostumbrados a estar pendientes de las ofertas de viaje y Celebrity ofrecía una promoción muy tentadora, además de una ruta novedosa, por lo que no dudamos en darle el “Sí, quiero”, a nuestra agente de viaje (una amiga que trabaja en la agencia de viajes de El Corte Inglés y que siempre nos ha orientado a la hora de escoger los destinos). El viaje fue menos costoso que el del año pasado y el barco era más lujoso, aunque con algunas limitantes que no me gustaron como el hecho de tener solo dos piscinas o lo que no te cobraron con el pasaje, te lo cobraban dentro del barco y a precio de oro. Menos mal que este año nos la apañamos y decidimos cobijarnos hasta donde nos llegaba la sábana (nada de comprar ni una de las sopotocientas fotos que te toman cada vez que llegas a un puerto, ni comprar el pack de bebidas -nos limitamos a beber agua y zumo de naranja que eran gratis-, reducir a su mínima expresión la ingesta de helados y cafés y si el año pasado nos bebíamos un Coco Loco sentados a la orilla de la piscina cada vez que el barco partía de puerto, esta vez lo hicimos un par de veces solamente y fundamental, no comprar ninguna de las excursiones que eran carísimas y en su lugar conocer gente que compartiera contigo los gastos de taxi para hacer los recorridos y créanme que resultó porque a la hora de sacar cuentas gastamos la mitad de lo que se gastó el año pasado).

Nuevamente Venecia 

 El viaje lo iniciamos en Venecia, lo que me pareció estupendo porque el año pasado quedé prendado de esta ciudad y no me imaginaba que 365 días después volvería a pisarla. Como el barco hacía noche en Venecia no tuve necesidad de viajar un día antes como la vez anterior, sino encontré un vuelo que me llevara temprano a Venecia el día del embarque y así disfrutar toda una tarde y gran parte del día siguiente de la fabulosa ciudad italiana. Esta vez estuve visitando la isla donde está la iglesia de San Giorgio di Magliore (justo enfrente de la plaza San Marcos y es una de las fotos que siempre se hace desde lo alto del Campanario de la catedral) y me saqué la espina de montarme en una góndola para recorrer los canales venecianos. La verdad que todo es muy caro en Venecia, pero como el recorrido en góndola lo hicimos cuatro personas, el viaje salió a 20 euros por cabeza lo cual es un alivio para el bolsillo. No hay palabras que describan lo que disfruté ese momento, sentado en la góndola, navegando por los pequeños canales hasta llegar al Gran Canal, pasar por debajo del puente Rialto y de muchos otros a lo largo del recorrido y sentir la paz que te da el navegar, aunque sea en góndola. El sonido del agua golpeando los muros de las casas, el del los remos golpeando el agua, el rastro dejado en el camino por las otras góndolas y descubrir los secretos de una sociedad que pecó de sus excesos pero que mantuvo su doble moral, te sirve de bocanada fresca para estimular tus sentidos y tu imaginación. La única anécdota negativa es que mi amiga en su éxtasis le dio un manotazo a sus gafas de sol y las lanzó al agua, perdiéndolas al instante porque se hundió en el fondo sin darnos tiempo a rescatarlas. Las gafas eran de marca y le costó hace tres años 100 euros. Su cara cambió desde ese momento y no hubo forma de animarla. El gondolero nos contó que una vez una turista dejó caer un anillo de brillantes valorado en 30 mil euros, esa ha sido la única vez que ha visto como los bomberos se pusieron sus trajes de buzo para rescatarlo, porque el escándalo que armó la señora fue de padre y señor nuestro y menos mal que lo consiguieron porque la señora amenazó con emprender acciones legales contra el gondolero. Venecia es una ciudad fabulosa y creo que nunca me cansaré de visitarla. El recorrido que hicimos fue el siguiente (partiendo como dije antes desde Venecia): Koper (Eslovenia), Rávenna (Italia), Split (Croacia), Bari (Italia), Dubrovni (Croacia), Kotor (Montenegro), La Valetta (Malta), Catania (Italia), Nápoles (Italia), para finalmente terminar en Roma y regresar a casa. 

Primera parada: Koper y Piran en Eslovenia

Normalmente la gente compra un tour para ir a Ljubjana (capital de Eslovenia) que está a poco más de dos horas de camino, como era la primera parada no nos apeteció aventurarnos tanto y en su lugar tomamos un taxi para visitar la vecina Piran, un pequeño pueblo enclaustrado en uno de los salientes de la costa de Istria. La ciudad está rodeada por murallas medievales que están formadas por dos muros paralelos. Entre sus casas adosadas y sus calles estrechas aparecen numerosas obras de arte. La más visible y famosa es la iglesia de San Jorge con su alto campanario construido por G. di Nodari y B. Torra en el siglo XVII. San Jorge es el patrón de Piran y como dato curioso, esta iglesia es de inspiración veneciana y su campanario es una réplica del Campanille de la Plaza San Macos. Entre los monumentos destacan también la Casa Veneciana, la de Tartini, el Palacio de Justicia, el Ayuntamiento, el Museo Marítimo de Sergej Mašera y la Galería de Pirán. En el centro de la plaza principal o de Tartini se erige una estatua del violinista y compositor Guiseppe Tartini, quien es nativo de Piran. Lo más encantador son las vistas de la ciudad y del Adriático que se ven ya sea descendiendo hacia la playa o subiendo a lo más alto de la torre de la muralla. Ambos recorridos los hicimos y quedamos encantados. Nos tomó un poco más de una hora pasear por Piran. De regreso al barco, paramos en Koper para caminar por el centro histórico y, aunque es una ciudad menos espectacular que Piran (su principal interés se centra en sus disputas históricas que la han hecho pertenecer a diferentes países, razas y castas), sus atractivos son el Palacio de los Pretores, construido del siglo XII al XV y la catedral de San Nazario, del siglo XIV. Ambos edificios son de estilo gótico-veneciano y están ubicados en la Plaza de Tito. Dos cosas curiosas: en la calle Kidričeva, que parte de la Plaza de Tito, puede verse una placa conmemorativa escrita en español que recuerda a los combatientes antifascistas eslovenos, croatas, italianos muertos en defensa de la Segunda República Española, llamados por ellos Španski borci (combatientes de España) o simplemente Španci (españoles). Los combatientes que participaron en España fueron aquella vez los combatientes yugoslavos del dictador Tito. En esta ciudad, por ser multinacional, participaron eslovenos, croatas y también italianos. La segunda curiosidad es que paseando por el mercado central vi una sandía (patilla en mi país) alargada, bien grande, como las que solía comer en Venezuela. Para mí fue una curiosidad porque después de tantos años viviendo en España, ya me había acostumbrado a ver las sandías redondas. Tanto nos llamó la atención que mis amigos españoles también quedaron sorprendidos.

Segunda parada: Ravenna…pero la cambiamos por San Marino

Ravenna es una ciudad portuaria al norte de Italia, muy cerca de Venecia. Es famosa por sus mosaicos y no dudo que tengan su encanto, pero nuestro objetivo estaba centrado en tomar un taxi para visitar la pequeña República de San Marino, situada a 1:40 minutos de Ravenna. El taxi cobró una cifra exagerada para llevarnos, pero como fuimos cuatro la carga se hizo menos pesada. No nos decepcionó. San Marino es el quinto Estado más pequeño del planeta con sus 61 Km2, el tercero más pequeño de Europa tras El Vaticano y Mónaco, y la segunda república más antigua de la Historia –fundada en el 301 d.C., mientras que la romana, data del 509 a.C. –pasa por ser también una de los países que menos ha cambiado de extensión en los últimos siglos, superficie que sigue invariable desde 1463, cuando su territorio fue reconocido como independiente por el Papa. Junto con El Vaticano son los únicos Estados rodeados completamente por un mismo país (en ambos casos Italia). Su única montaña es el Monte Titano de 739 metros de altura y está a solo 10 kilómetros del mar Adriático, pero no tiene salida al mar. Además, es la única ciudad-estado republicana que sobrevive en nuestros días, y sus habitantes se enorgullecen de haber sido invadidos solo tres veces en sus diecisiete siglos de historia, y siempre por poco tiempo. La Serenísima República de San Marino redactó asimismo la primera Constitución europea, el 08/10/1600. Por todo ello el país se autodefine con orgullo como “Tierra de la Libertad”, lema que reza un cartel a la entrada de su frontera. Muchos y variopintos son sus rincones dignos de visitar. El casco antiguo medieval de San Marino –Patrimonio de la Humanidad (UNESCO) – es en sí mismo una de sus mayores maravillas: de pequeñas dimensiones y totalmente peatonal, lleno de callejuelas arropadas entre caserones y laberínticas cuestas, luce un aspecto realmente encantador. Se accede a él por la Porta di San Francesco, puerta abierta en 1452 en la tercera cinta de murallas defensivas. En Vía Basilicius tenemos el edificio religioso más antiguo del país: la Iglesia de San Francisco. Fundada en el siglo XIV en estilo gótico, el templo actual es fruto de varias reformas posteriores, lo que explica la intrusión de elementos barrocos en su aspecto. Fue decorada al fresco por A. Alberti da Ferrara en el siglo XV, en un estilo que anunciaba el Renacimiento, frescos hoy expuestos en su Loggia (S. XIV), sede desde 1966 de la Pinacoteca de San Marino. Museo especialmente rico en pintura religiosa. En Piazza Santa Ágata vimos la Iglesia de Capucini (S. XVI), un bronce de San Fracisco de Asís (1928) y muy cerca el Palacio Pergami Belluzi (S. XVII), sede del Museo Nacional. Una cuestecilla conduce a la Plaza de la Libertad, centro neurálgico del país remarcado simbólicamente por la Estatua de la Libertad (1896). Una de las edificaciones de mayor interés es el Palacio Público (S. XIX), sede del Gobierno Central, con su preciosa triple arcada gótica y su campanario. Frente a su portada, la milicia local ejecuta cambios de guardias cada media hora. Los referentes arquitectónicos más característicos del país son sus tres fantásticas fortalezas medievales. La primera o Prima Torre (siglo XI), también luce otros sonoros apelativos como Rocca o Guaita –derivado de fare la guardia, “hacer la guardia”–. Encaramada sobre el peñón a 751 m. de altura, sus admirables defensas despliegan dos círculos concéntricos de muros, bien adaptados al pronunciado terreno, obra del siglo XIII de los hermanos Comacine. La Cesta o “Fratta” (siglo XIII), es la mayor fortaleza del país con sus 756 m. de altura, y uno de sus escenarios más fascinantes, auténtico nido de águilas alzado entre exuberantes bosques, recordando por momentos a los castillos de Luis de Baviera –salvando las obvias diferencias de estilo y época, claro–. Su nombre deriva de cista, “cesta”, mientras que fratta significa “rota”, debido quizás a su aspecto. Fácilmente accesible desde la Rocca a través de una callecita empinada, en su interior destaca el Museo de Armas Antiguas, entre cuyas colecciones resaltan magníficas ballestas, emblema nacional. Por último tenemos la pequeña Montale (siglo XII), fortificación pentagonal, bastante aislada de sus hermanas y lamentablemente no visitable. Tras esto, no nos quedó más que la satisfacción de haber elegido correctamente nuestra visita a San Marino (pasando por alto a Rávenna), sin duda fue una de las mejores paradas de nuestro viaje.

Tercera parada: Split (Croacia) y sus maravillosas 17 cascadas.

En Split hicimos algo similar a nuestra parada anterior. Escogimos ir al Parque Natural Krka, antes que visitar el centro histórico de Split, la única diferencia que esta vez en lugar de tomar un taxi, nos alquilamos un coche y salió aún mucho más barato. Es facilísimo movilizarse por Split, todo está bien señalizado y no nos hizo falta ni siquiera un GPS para guiarnos. La anécdota del día fue que fuimos a una agencia de información turística para preguntar por una empresa de alquiler de coches y la chica nos dijo que allí podíamos hacerlo, lo cual nos pareció fabuloso. Cuál fue nuestra sorpresa que al rato llegó un chico dándonos la llave de su coche (un turismo compacto de 4 puertas con más de 177 mil kilómetros y 10 años de uso, lo que nos hizo pensar que no era un coche de alquiler, sino el coche del chico que lo alquilaba por horas porque nos preguntó cuánto tiempo tardaríamos y en base a eso calculó el precio). Llegamos al Parque Nacional Krka ubicado en la localidad de Skradin, a una hora y poco más de camino. La entrada que te lleva al muelle para tomar el barco al parque es pintoresca. Callejones estrechos, bordeados de lado y lado por edificaciones medievales, usadas como locales comerciales. Tomamos el barco (sale a cada hora y el viaje dura unos 40 minutos, también hay la opción de ir en bicicleta o coche pero preferimos hace la travesía del barco). El Parque Nacional del Krka ofrece un espectáculo natural de verdad excepcional y el curso del río Krka, que se desanuda por más de 70 km excavando en algunos puntos gargantas profundas de casi 200 metros y caídas de agua espectaculares (en total 17), tiene su cumbre con las imponentes cascadas conocidas como Skradinski Buk. El recorrido alrededor del parque dura aproximadamente una hora y al finalizar la caminata puedes darte un refrescante baño en las aguas del río…y eso fue lo que hicimos!!! De regreso a Split, como teníamos algo de tiempo antes de zarpar, decidimos conocer un poco el centro histórico y aunque fue un recorrido a vuelo de pájaro (porque después del refrescante baño quedamos tan relajados que pocas ganas teníamos de seguir caminando), conocimos algunos monumentos y edificaciones de interés como el Palacio Diocleciano (la historia de Split está muy ligada al Imperio Romano, fue fundada en el S. IV y el emperador Diocleciano, natural de Split, hizo construir su palacio en esa zona para habitarlo una vez retirado de la vida política). Tiene una estructura con planta cuadrada, típica de la época romana, que junto con sus murallas, que en origen median 215m de largo por 180m, hacía del monumento un lugar impenetrable. Para acceder al interior podemos optar por varias puertas, aunque normalmente el acceso está en la Puerta Aurea, para continuar por una calle que se denomina Cardo, mientras hacemos este camino observamos la residencia con mármoles italianos, granito rojo, incluso esfinges egipcias. Por ello en 1979 la UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad este palacio. Otros restos arqueológicos importantes, son el Templo de Júpiter y el Mausoleo de Diocleciano que posteriormente se convirtió en La Catedral de San Diomo, aquí debemos observar el altar ornamentado y el campanario de estilo románico-gótico, mezcla de estilos reservada para aquellos amantes de la arquitectura. Otra de las obras majestuosas que veremos es la del arquitecto Buvina, que realizó una representación de la vida de Jesús en las puertas de la Catedral. También encontramos vestigios de la Edad Media, como en todo el país, uno de ellos es el Ayuntamiento que data del S. XV. Como ya nuestras fuerzas estaban mermadas, decidimos regresar al barco y terminar aquí nuestra aventura en Split.

Cuarta parada: Bari…pero nos fuimos a Alberobello y nos dimos un bañito en la playa 

Nos dijeron que Bari tenía poco que ver (aunque es una ciudad grande), así que decidimos ir a Alberobello, la ciudad más cercana entre las opciones que había y con el aval de haber sido declarada Patrimonio de la humanidad. ¿El motivo? Los famosos trullos. Alberobello en sí es una ciudad pequeña de solo 10 mil habitantes y la historia de estos edificios tan particulares está ligada a un edicto establecido en la edad media que exigía un tributo por cada nuevo asentamiento. Los condes exigieron que se edificaran las casas a la piedra seca, sin utilizar mortero. Debiendo por lo tanto utilizar sólo piedras, los campesinos encontraron en la forma redonda con techo de cúpula “autoportante”, compuesto por círculos de piedra superpuestos, la configuración más simple y sólida. Los techos de abovedados de los trullos son embellecidos con pináculos decorativos, cuya forma está inspirada en elementos simbólicos, místicos y religiosos. Estos eran realizados con la maestría lograda para la construcción del trullo y gracias a ellos se identificaba al artesano. Basándose en la calidad de la factura del pináculo se podía entonces identificar no sólo la habilidad artesanal del constructor sino incluso el valor de la construcción. Un mayor gasto en la construcción del trullo permitía individualizar, por lo tanto, las familias más pudientes de aquellas más pobres. Por lo que se refiere a los símbolos pintados sobre los techos de los trullos a menudo asumían un significado religioso; a veces podían representar los signos del zodíaco. Pináculos y símbolos pintados forman juntos una especie de identificativo ciudadano. Una de las zonas que caminamos se llama “Rione Monti” y consta de pequeñas y estrechas callejuelas con pendencia elevada atravesadas por otras calles más amplias en las laderas. Es una zona muy pintoresca que culmina en la iglesia de San Antonio construida en forma de trullo en el S.XX. La Plaza principal de Alberobello se llama Piazza del Popolo, es un lugar abierto y espacioso muy peculiar, excelente para disfrutar un poco la “vida autentica” del pueblo; al lado de la Plaza se encuentra la Iglesia de Santa Lucia, que ofrece un hermoso punto panorámico desde donde se observa toda la ciudad. La anécdota en Alberobello la vivimos cuando fuimos a tomarnos algo refrescante en una pequeña cafetería y al preguntar por el baño, la dueña nos dice “si es para hacer pipí si, si es para lo otro no tenemos”. Claro, la cafetería era el jardín de su casa y el baño estaba dentro de su casa, al entrar vimos que se trataba de un pequeño cuarto con un váter mínimo que apenas permitía el ingreso de una persona. De regreso a Bari, nos detuvimos en una playa de la zona. Era una cala pedregosa con piedras de grandes dimensiones que te impedían caminar tranquilamente dentro del agua por el miedo a darte un golpe, la elección del taxista no estuvo acertada pero sirvió al menos para refrescarnos. Una vez en Bari, entramos al casco antiguo y dimos unas vueltas por sus calles medievales, visitando la Catedral de San Sabino, la Basílica de San Nicola, el Castillo Svevo (aunque no entramos porque nos pareció muy cara la entrada, así que solo tomamos fotos por fuera) y vimos lo que queda de la muralla que rodeaba a la ciudad. En los alrededores de la Plaza Mercantil se encuentra una zona de restaurantes donde nos sentamos a degustar de un risotto. Luego al barco porque ya el calor era insoportable.

Quinta parada: Dubrovni, el encanto de Croacia

Dubrovni me impresionó gratamente. Su ciudad amurallada y la vista de la bahía desde lo alto de la montaña, son dos de las experiencias más gratificante de este viaje. Como el barco atracó en el puerto nuevo, tomamos un taxi que nos llevó a la puerta Pile, punto de partida del casco viejo de la ciudad. La palabra Dubrovni significa Robledal, nombre dado a la ciudad por la cantidad de robles que existieron en la zona. Dubrovnik está rodeada por una gran muralla que alberga 16 torres ofreciendo una visión única del lugar. Las murallas datan del Siglo X, aunque fueron restauradas en el siglo XVII. En total suman 1.940 metros, con un grosor de 6m hacia tierra y 3 hacia el mar. Su altura es de 25 m. El recorrido lo hicimos en hora y media y las vistas son espectaculares. Antes subimos al funicular para ver la alfombra de techos rojos que conforman las casas que desde arriba se pueden divisar. Me llamó la atención el color nuevo de los techos y esto se debe a que al terminar la guerra de los Balcanes, los pobladores se pusieron de acuerdo para reformar sus casas y la ciudad en general para hacer volver la belleza y el resplandor de antaño. Tras observar la panorámica de la ciudad volvimos a la Puerta de Pile, construida entre los siglos XIV y XV, es abierta en un bastión semicircular, por la que se accede a una amplia rúa de piedra, la Placa, que nos llevó á a la zona más aristocrática, lugar en el que gobernaba la República Ragusea, la élite más aristocrática que dominó la ciudad desde 1358 hasta la entrada de Napoleón, palacios simétricos de estilo barroco que nos llevan a la Plaza Luza, al Palacio Sponza (notable por su columnata de su atrio y preciosas tallas de piedra) y a su lado se encuentra la iglesia de San Blas o Sveti Vlaho, construida entre 1706 y 1715, diseñada por el arquitecto Gropelli quien tomo como modelo la iglesia de San Mauricio de Venecia. Otro de los monumentos importantes de Dubrovnik es el Palacio de los Rectores que fue la sede del gobierno y del rector en los tiempos en que Dubrovnik fue una república independiente y la espectacular Catedral de Velika Gospa, que fue construida en 1192. Los terremotos en 1671 y 1713 la destruyeron totalmente pero fue reconstruida por un arquitecto italiano. En el interior pueden admirarse una asunción del Vergine di Tiziano (1552) y un relicario en oro y plata de San Biagio. Luego de un recorrido algo agotador, más que todo por el asfixiante sol veraniego, nos tocó degustar la gastronomía croata y tuvimos la suerte de toparnos con un restaurante a pie de playa donde comimos una exquisita mariscada y luego el chapuzón respectivo. Excelente tarde en Dubrovni, una de las mejores del crucero.

Sexta parada: Kotor-Montenegro, el gran descubrimiento

Si el año pasado quedé sorprendido con Estambul, este año fue Kotor la que me dejó boquiabierto. Ubicado en una de las más bellas bahías de Montenegro, el pequeño pueblo fortificado de Kotor está inscrito en la lista de patrimonios mundiales de la UNESCO. Una joya muy bien conservada y que sigue todavía un plan típico de urbanización medieval, con sus murallas y sus callejuelas estrechas. Las murallas de Kotor están al fondo del fiordo más extenso del sur de Europa. Mide unos 30 kilómetros de longitud. Las murallas miden 4,5 kilómetros de largo y rodean al pueblo. Hay un recorrido al estilo “muralla China” que te permite llegar a un mirador magnifico. Nosotros iniciamos el viaje, pero como el punto más alto estaba a unos 300 metros de altura y hacía un sol de justicia, decidimos llegar solo hasta la ermita (la mitad del camino), para luego regresarnos por donde subimos y dedicarle más tiempo a la ciudad. Así que entramos a la ciudad amurallada por su puerta sur, de estilo medieval, y caminamos por sus maravillosas calles estrechas cuyos edificios tienen particularidades arquitectónicas que le confieren una gran belleza. Kotor, entre la montaña y el agua del fiordo más septentrional de Europa, está formado por un conglomerado de callejuelas, de escalinatas, de iglesias y de pequeñísimas plazas acondicionadas con terrazas para que los turistas se alimentaran con comida típica italiana (pasta, claro). Y es que todo Kotor es muy italiano, tanto arquitectónica como culturalmente hablando. La extensión del centro histórico no es muy grande, pero si acumula grandes riquezas regadas por su pedregoso pavimento, tales como la Catedral de San Trifón, que fue la primera en construirse en Dalmacia o las Iglesias de San Lucas y San Nicolás. Kotor exhibe con orgullo en balcones y muros su precioso estandarte, recordando al personal que por fin son una República Independiente. Como el recorrido lo hicimos en poco tiempo, le pedimos a un taxista que nos llevara a Budva, una pequeña ciudad costera a unos 12 kilómetros. El taxista, no solo nos llevó a nuestro destino, sino que nos dio un recorrido por la montaña para tomar fotos de las preciosas vistas. Budva descansa sobre una península que en realidad es una isla unida a tierra firme por un banco de arena. Este poblado cuenta con un patrimonio histórico-artístico incalculable. La vieja ciudad consta de pequeñas plazas y de callejones estrechos. No lejos del corazón de la ciudad descubrimos las necrópolis griegas y romanas que encierran joyas de oro y plata, limos vidrios y de cerámicas. Visitamos la Iglesia Saint-Ivan (siglo VII), el Monasterio Benedictino Santa María de Punta y la Iglesia de la Trinidad Santa. Una vez finalizado el recorrido, el taxista nos llevó a Jaz, una zona playera excepcional donde tomamos el merecido baño y luego de vuelta al barco. Sin duda, una de las mejores paradas del crucero.

Séptima parada: La Valeta-Malta fortaleza medieval aún en pie

Lo primero que hicimos al bajar fue tomar un taxi hacia Mdina, la antigua capital de Malta. Mdina es una pequeña ciudad fortificada y amurallada por los cuatro costados, fundada por los fenicios, que actualmente cuenta con apenas 300 habitantes en su interior. Se entra recorriendo un puente de piedra hasta el portal principal, el cual está custodiado por dos leones que sostienen los escudos del país. Al entrar a la ciudadela amurallada el silencio te envuelve, no se escucha nada, ni el eco de nuestros pasos, es como una ciudad fantasma, de allí que es conocida como la Ciudad del Silencio o la Ciudad Silenciosa. En la pequeña ciudad de Mdina se encuentran algunos de los palacios y casas señoriales de la aristocracia de Malta, y muchas de sus edificaciones datan del año 700 AC. Luego de hacer un pequeño recorrido que no nos llevó más de 40 minutos, dimos un recorrido por la línea costera hasta llegar a la entrada del centro histórico de la capital. La Valeta es la capital de Malta y fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1980. La ciudad recibió su nombre del Gran Maestre francés de la Orden de Malta Jean Parisot de La Valette, quién puso con sus propias manos la primera piedra de La Valetta en 1566 donde hoy se encuentra la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria. La Valeta fue construida por los Caballeros de la Orden de Malta debido a la importancia estratégica de su situación entre dos puertos naturales sobre el Monte Sceberras. En lo que al tamaño se refiere, La Valeta tiene unas dimensiones diminutas. Mide menos de un kilómetro cuadrado y se puede ir de un extremo a otro a pie en menos de 30 minutos. En tan poco espacio se amontonan callejones que conducen a señoriales plazas y se levantan palacios barrocos juntos a bares y tiendas. El atractivo principal es la espectacular catedral de San Juan. Fue construida por los caballeros de la Orden de Malta entre 1573 y 1578 y su fachada es de aspecto sobrio y austero. Como era domingo la mayoría de las iglesias estaban cerradas a los turistas por las homilías, así que no pudimos entrar en ninguna. Desde la Catedral de San Juan, las calles aledañas flanqueadas por vetustos palacios discurren en pronunciadas cuestas hasta los dos puertos. A pesar de que el tiempo, el abandono y el devastador bombardeo de la II Guerra Mundial han dejado su huella en esta minúscula capital, sus calles empedradas evocan la época de los caballeros. Terminamos el recorrido en el Freedom Monument, delante de la esplendida Igledia de St Lawrence. Este monumento (que es una campana gigante que suena todos los días a las 12 en punto) rinde homenaje a las víctimas de la II Guerra Mundial, durante el asedio italiano. Como el sol estaba ya derritiendo nuestras pieles, decidimos volver al puerto y refugiarnos en el barco, el cual siempre aplacó con su piscina y sus tumbonas en la cubierta, el inmenso calor que pasábamos en cada excursión.

Octava Parada: Catania, cuna de mi familia paterna

La idea original era ir a Taormina y si quedaba tiempo caminar por los alrededores del centro histórico de Catania, pero como enfermé del estómago no me atreví a viajar casi dos horas hasta Taormina para evitar cualquier “accidente”, así que me quedé en el barco hasta el mediodía y luego mi amigo y yo bajamos a dar unas vueltas por Catania. La idea no me entusiasmaba mucho porque había leído que Catania era tan sucia y fea como Nápoles o Bari (la primera ciudad la había visitado el año anterior y pude comprobar que era cierto y la segunda fue mi cuarta parada en este crucero y la verdad que no me impresionó mucho y si, se me pareció un poco a Nápoles). Aún así no quise quedarme todo el día en el barco y perderme la oportunidad de conocer un sitio nuevo…y menos mal que no lo hice porque, aunque la verdad vi una ciudad un tanto caótica en el tráfico (no vi ni un solo semáforo entre el puerto y el centro histórico y eso que hay una caminata de unos 15 minutos aproximadamente y bueno, para ser sincero, Italia toda tiene un reprobado en materia de tránsito porque en todas las ciudades donde he estado, si no corres el coche no te frena y no cruzas de un lado a otro), a pesar de eso, quedé gratamente sorprendido porque encontré los monumentos mejor cuidados que en Nápoles y Bari y la ciudad no me pareció tan sucia. Un dato que desconocía es que Catania fue declarada en 2002 por la UNESCO como patrimonio histórico de la humanidad y muchos de sus monumentos están siendo restaurados para llevarlos a su antiguo resplandor. Bajo la atenta mirada del Etna (desde la distancia siempre vimos una humareda salir de su cráter, indicio inequívoco de que está en constante actividad), la ciudad de Catania se renueva constantemente. Ha sido arrasada más de 7 veces por las erupciones del Etna y demolida por numerosos terremotos a lo largo de la historia que han obligado a sus habitantes a reconstruirla prácticamente desde cero. Hermosa es la Plaza de la Catedral donde se ubica el Comune y La catedral de Catania, el Duomo, en torno a la Fuente del Elefante de Vacarini, símbolo por excelencia de la ciudad; la Iglesia de Santa Ágata, el mercado de la Pescheria, y el mercado de la Fiera (como típicos mercados era insoportable caminar entre tantos tarantines y personas), el teatro y el anfiteatro romano (vestigios gloriosos del Imperio Romano), el odeón, la Via Crociferi con su hilera eterna de iglesias, los Jardines Bellini, el Teatro Massimo Vincenzo Bellini que debe su nombre al ilustre compositor local, la Via Etnea con sus comercios y heladerías y el convento de de los Benedictinos (sede de la Universidad di Lettere de Catania), sin olvidar el castillo Ursino. La verdad que había mucho que ver y admirar y como salimos tarde del barco y a la peor hora, cuando el sol estaba en su mayor apogeo, decidimos regresar, no sin antes probar uno de los típico dulces sicilianos: el cannoli (una masa enrollada en forma de tubo y dentro posee los ingredientes mezclados con queso ricota)….ummm…excelente!!!!! No en vano aumenté tres kilos en este viaje.

Novena Parada: Nápoles-Capri, la isla del desencanto

Como el año pasado cuando tocamos Nápoles fuimos a visitar las ruinas de Pompeya, este año decidimos ir a Capri. Teníamos muchas expectativas porque aquí en España hay un anuncio de Dolce & Gabanna grabado en Capri y se ve totalmente un lugar paradisíaco. Y la verdad que lo es, lástima que los encargados de tratar con los turistas den tan mala imagen y tengan como único propósito sacarle la mayor cantidad de dinero a la gente de forma descarada, que hace que pierda parte de ese encanto. Una crítica a Italia y es posible que escupa hacia arriba porque yo tengo la nacionalidad italiana y mi familia paterna toda es italiana, pero todo lo bello que puede ser Italia, aún con sus ciudades descuidadas y sucias, pierde un poco con la idiosincrasia del italiano. El italiano es ruidoso, caótico, claramente pesetero y profesan un falso orgullo por su país que se evidencia en que mientras más dinero le sacan a la gente, mejor negocio han hecho. No me gustaría generalizar, pero ejemplos he visto muchos en todos los viajes que he realizado a la tierra de mi padre y cada día me siento mejor con la decisión de haber venido a España a vivir y no a Italia. Críticas apartes, Capri es una bella isla, solo que nuestra experiencia allí no fue tan buena. Fuimos a la famosa Gruta Azul y menudo chasco, no porque fuera fea sino porque para llegar allí nos hicieron pagar primero una barca que nos llevara a la roca de la gruta y luego allí tuvimos que pagar el mismo precio por entrar. Sumado a esto tuvimos que hacer una cola de barcas (así como si estuviéramos haciendo la cola del cine) para entrar, mientras esperábamos nuestro turno, el barquero iba de un lado a otro (con lo que muchas veces marea los vaivenes de las olas), a pleno sol en alta mar, había una sombra que daba una de las grandes rocas y allí estaban esperando algunas de las barcas, pero nuestro barquero no se resignaba a quedarse quieto. A todas estas, cuando llegaba una embarcación privada, las pequeñas barcas de remos dejaban de prestar servicio a las barcas donde iban los turistas para hacerles pasar antes que a nosotros. Allí nos tiramos casi una hora esperando. Cuando finalmente llegó nuestro turno, lo primero que nos dice el remero de la barca que nos tocó que además del precio de la entrada, debíamos darle una propina y esa fue la palabra que repitió a lo largo del camino. Al pagar la entrada, nos metimos por un hueco mínimo donde todos tuvimos que prácticamente acostarnos en la barca para poder pasar y al estar dentro oh, decepción!!!. La famosa gruta azul, donde supuestamente se bañaban los grandes emperadores del Imperio Romano, es una pequeña piscina natural que debe su nombre al color azul que se ve debido al rayo de sol que entra por el minúsculo hueco por donde entramos. Dentro no se veía nada y como habían varias barcas a la vez, unos remeros cantaban, otros hablaban entre sí en voz alta, otros intentaban explicarles a sus turistas la importancia del lugar, en fin, ruido por todas partes, lo que te daba la sensación de haber entrado al túnel del terror en lugar de la gruta azul y la estancia dentro duró lo que tardó la barca en dar dos vueltas (creo que fue menos de 8 minutos) y para fuera otra vez. Total gastado 50 euros por persona sin incluir 5 euros que le dimos de propina para vivir una “aterradora” experiencia. Luego subimos a Capri en el funicular, hasta allí todo bien. Vimos algunas vistas y luego hicimos un alto para comer. Nos metimos en un restaurante que tenía un mirador, pedimos dos pizzas para compartir entre 6 personas y bebidas. Total gastado 101 euros ¡!!!! Por solo dos pizzas, 4 cervezas (porque uno de mis amigos repitió), una Coca-Cola y dos Nestea limón. No lo podíamos creer. Ya desanimados, cansados y decepcionados, decidimos dar un último paseo por un camino empedrado en bajada, al llegar a una bifurcación estuvimos a punto de regresarnos pero como leímos en un cartel Piccola Marina, pensamos que tal vez era un mirador con alguna vista interesante. Al final del camino había un parque que para entrar debíamos abonar 1 euro, como no era mucho decidimos entrar y oh sorpresa!!! Las vistas que tanto deseábamos ver estaban allí frente a nosotros. Creo que esto salvó nuestra visita a Capri y nos hizo pensar que tal vez si vamos en otra temporada podremos tener más suerte y disfrutarla más. Al bajar la cola del funicular era de tal magnitud que decidimos tomar un taxi o un bus, lo primero que pasara. Pasó el bus y afortunadamente el mismo ticket de regreso que habíamos comprado en el funicular servía para el bus. Lo sorprendente del regreso es que había un solo camino muy angosto de dos vías por donde subían y bajaban todos los vehículos, fue interesante ver las maniobras de todos los conductores para pasar cuando coincidían un coche subiendo y otro bajando…así es Italia caótica hasta en lo más elemental. La última parada fue en Civitavechia-Roma, pero nuestro viaje ya había terminado. Tomamos un shuttle para el aeropuerto después de comer un buen desayuno en el barco y a casita. Y ahora estoy pensando en mi próximo viaje. Quiero algo exótico, tal vez India, Tailandia, China o Vietnam…o tal vez siga enganchado a los cruceros y el próximo año me vaya a ver los fiordos noruegos o las capitales bálticas o quizás las islas griegas….quien sabe, tengo hasta mayo para decidirlo…

sábado, 27 de agosto de 2011

The Love Boat


¿Se acuerdan de la serie El Bote del Amor? En España se llamó Vacaciones en el Mar. Pues mi primer crucero lo hice con la misma compañía de la conocida serie, solo que con un barco nuevo construido en el 2008 y mejor acondicionado (8 piscinas, 6 jacuzzis, 9 restaurantes, un amplio teatro con capacidad para mil personas, 4 bares de copas, dos discotecas, tiendas libres de impuesto o como se dice duty free, galería de arte, una gigantesca pantalla de cine en una de las cubiertas, gimnasio, spa, charlas de salud, demostraciones de baile, cocina, pintura, un casino, en fin todo un centro comercial y hotel de 5 estrellas flotando en el mar). No tenía ni idea que eso de viajar en un crucero fuera tan chic y, al mismo tiempo, muy divertido. No paré en los 12 días que estuve encerrado en esa barcaza de metal de más de 8 toneladas de peso. Al verlo, te parece increíble que semejante barco pueda mantenerse flotando en el agua y, lo mejor de todo, no sientes para nada el movimiento ondulante que la mayoría de las veces sientes cuando estás navegando (la biodramina la llevé solo de paseo). Estoy tan contento de haberlo hecho que no dudo en repetir la experiencia en un futuro cercano (¿Capitales Bálticas o el Caribe? Humm, un gran dilema). Con razón dicen que uno se engancha al hacer el primero, “cuando hagas uno, harás muchos” me decían las personas que ya han vivido esta experiencia. En el barco conocí a una pareja -americano (él)-venezolana (ella)- que estaban haciendo su décimo crucero y por doquier veía gente con una tarjetita gris plomo (la mía era azul). Cuando averigüé el por qué, resulta que eran clientes platinum de la empresa, es decir, clientes que han hecho más de 10 cruceros con la Princess. Por cierto, ese es el nombre de la compañía por si no se acordaban de la serie y su barco más nuevo, el Ruby Princess, fue donde estuve montado doce días. Es una empresa administrada por americanos. No sé por qué le tiran tanto al imperio porque cuando ves una organización tan ejemplar (éramos 3 mil pasajeros y 1.200 tripulantes y no tuve que esperar ni una sola vez para sentarme a comer o salir del barco en las excursiones o pedir mis coctelitos cuando estaba plácidamente tomando el sol en cubierta, ni siquiera para desembarcar el último día cuando todo el mundo debe abandonar el barco), te dices “con razón son los putos amos” y todo era sonrisa y amabilidad. Ya quisiera ver yo una organización tan buena en algunos sitios que no nombraré para no herir susceptibilidades ni entrar en polémicas con nadie. Esta crónica solo tiene la intención de compartir mi experiencia en el mar, por cierto, una de las mejores vacaciones que he tenido (Egipto y Budapest-Praga están ahí-ahí con este crucero). Hice el Gran Mediterráneo (al principio cuando tomé la decisión de hacerlo, no estaba muy conforme porque típico te dices pero si Italia y Grecia las tengo al lado y puedo ir cualquier fin de semana, pero era el más económico y el que mejor se adaptaba a mi bolsillo porque con esto de la recesión estamos pasándolas canutas, la única diferencia que yo, afortunadamente o no como quieran tomarlo, no tengo perrito que me ladre…bueno si tengo a mi Brody pero lo dejo en su hotel de perros y santo remedio  y puedo “darme el lujo” de echarme todo el dinero encima, una vez que haya descontado los gastos fijos que tengo que no son muchos. Ojo no quiero causar envidias a nadie porque a mí me gustaría tener cosas que otros tienen, pero he aprendido que cada quien hace su camino y debe ser feliz transitando por él). Bueno como decía, hice el Gran Mediterráneo y tocamos 10 puertos. Empezamos por Venecia (como era el puerto de partida me fui un día antes para disfrutar de esa magnífica ciudad), y luego en el siguiente orden atracamos los siguientes 12 días: Atenas, Kusadasi, Estambul, Mykonos, Nápoles, Civitavechia (Roma), Livorno, Mónaco y terminamos en Barcelona. Y mientras navegábamos de un puerto a otro, piscinita, teatro, discotecas, coctelitos, ver amaneceres o atardeceres desde la cubierta o en el balcón de mi camarote, en fin fueron 12 días de diversión, relax, descubrimientos, de sentirme el rey del mundo como decía Leonardo Di Crapio en el Titanic, y de poder decir que realmente estuve de vacaciones. Por cierto, cumplí años durante mi viaje (46 años no tengo problema en decirlo porque todos los de mi generación del colegio, la universidad y la iglesia estarán más o menos por esa edad) . Además de ponerme unos globitos en la puerta de mi camarote (lo que sí me pareció una gringada cursi pero se agradece el gesto), me obsequiaron una torta (o tarta como se dice en España) en el restaurante donde fui a cenar esa noche (pequeña la verdad, pero de chocolate como a mí me gusta) y los camareros se reunieron a mi alrededor a cantarme el cumpleaños en varios idiomas (había una mexicana, un filipino y una serbia), me dio vergüenza al principio porque soy un poco tímido para estas cosas, pero después me sentí importante porque pasajeros que no conocía se acercaron a felicitarme al ver que me cantaron el cumpleaños. Una tontería que quise agregar a la crónica, pero que formó parte de esta extraordinaria experiencia. Solo quiero dar un consejo: Si se plantean ir en un crucero, procuren no hacerlo en agosto. Es temporada alta y, aparte del gentío que te encuentras en cada sitio que visitas y las colas que te ves obligado hacer si no eres previsivo y sacas tus entradas con antelación por internet a los monumentos que te la piden, aún cuando pueda costarte un poco más (por fortuna yo si lo fui), el calor se hace insoportable y muy pero que muy agobiante y llega un momento en que lo único que deseas es regresarte al barco y no seguir viendo nada más. Afortunadamente, el paraíso siempre me esperaba atracado en cada uno de los puertos donde desembarqué.

Venecia: El sueño hecho realidad.
Hay tres ciudades que desde siempre he soñado visitar. Venecia era una de ellas (las otras dos no las digo para que se me cumpla el sueño). Y no me decepcionó, cumplí un sueño y como un niño me sentí emocionado por cada rincón que transité. Venecia es magia, esplendor, admiración. Sus casas construidas entre canales la hacen un sitio único en el mundo. No hay coches transitando por ninguna de las calles aledañas al gran canal, solo vaporettos el medio de transporte acuático que se inventaron los venecianos para poder ir de un sitio a otro (por cierto, son carísimos un viaje de ida te sale 6,50 €). Venecia presume (y tiene con qué) de ser una gran ciudad y por si no fuera suficiente el encanto de sus canales, sus casas construidas sobre las aguas y los gondoleros (carísimos también un paseo en góndola cuesta 80 € solo cuarenta minutos, si van varios pueden repartirse el golpe, sino el golpe se lo lleva un solo bolsillo). También tiene la plaza San Marcos (centro neurálgico de Venecia), con su basílica y su campanile desde donde se puede obtener una panorámica hermosa de la ciudad en lo alto de la torre. Posee más de 3 mil puentes, el más conocido el Rialto, uno de los pocos que cruzan el Gran Canal de una orilla a otra. Solo estuve día y medio y me tuve que hacer un itinerario para conocer lo principal. La Basílica de Santa María, la Iglesia de San Giacomo y el Palacio Ducal fueron los pocos sitios que vi de pasada (ni siquiera entré a verlos, solo entré en la basílica de San Marcos y me llevé una pequeña decepción por lo poco que había dentro, acostumbrado a que en Italia las iglesias en su mayoría son un museo en sí mismas, la de la plaza San Marcos mostró poco). Quise ir a la isla de Murano en donde fabrican el famoso cristal, pero resulta que hay que ir tempranito porque ya a las 4 y media está todo cerrado en la isla y no hay vaporettos que viajen, así que me quedó pendiente. No hice mucho más, por lo que lo tengo como excusa para volver. Dos cosas: Venecia es carísima así que lleven dinero para gastar (un almuerzo de dos personas me salió en 91 euros, el lugar la verdad era un poco pijo o sifrino como decimos en mi tierra, pero un gustazo hay que dárselo de vez en cuando) Y si van en un crucero como yo, no se pierdan por nada del mundo la salida de Venecia desde la cubierta del barco, ha sido uno de los paisajes más hermosos que he visto en mi vida, segura fuente de inspiración para pintores y poetas.

Atenas: La gran decepción.
Siempre tuve curiosidad por conocer Atenas. En las clases de Historia Universal del bachillerato estudiamos con el libraco negro de Yépez Castillo y él mismo fue mi profesor en la Universidad dándome la asignatura Historia de la Cultura. Hablaba maravillas de Grecia y su cultura y no tenía palabras para expresar lo hermosa que era Atenas. Lástima que ya falleció porque me hubiera gustado decirle que la historia de Grecia sigue siendo hermosa pero Atenas no. Un país que presume de ser el origen de la civilización, con sus grandes pensadores y filósofos, pioneros en las artes democráticas debería conservar mejor su historia. Atenas es una ciudad común, un poco sucia y lo único importante que tiene es su Acrópolis y su Ágora, los otros restos históricos apenas están conservados y la sensación que te dan es que has ido a ver piedras rotas esparcidas por un terreno. Si bien es cierto tuvimos unas pocas horas para hacer turismo y que la Acrópolis era un desorden de personas subiendo y bajando por sus laderas, por lo que tampoco disfruté mucho de la visita a la ciudad alta, también lo es que cuando llegué a la cumbre, donde está el Partenón, el Templo de Atenea Partenos, el Erectión y el Templo de Dionisio (por cierto los andamios que sostienen al Partenón te impiden verlo en todo su esplendor), me dije “¿esto es todo?”. Llámenme ignorante pero ni siquiera el saber que Pericles, Fidias, Aristófanes, Sófocles y Esquilo entre muchos destacados pensadores, políticos, escritores y filósofos tuvieron en la Acrópolis su centro de inspiración, me sedujo. La Acrópolis pasó por mí o yo pasé por ella sin dejarnos huella el uno al otro. Disfruté más la Musaka y la ensalada griega que me comí en la PlaKa (el barrio turístico de la ciudad, con sus tienditas de suvenires y sus cafés al aire libre) y el extraño cambio de guardia que se hace a las 11:30 am en la Plaza Syntagma donde está el Parlamento Griego. Me gustaría que alguien me explicara su significado. Por internet encontré esto “El cambio de guardia que realizan los evzones es como una especie de baile en el que participan cinco soldados: dos que salen, dos que entran y uno que los dirige. Cuando termina el cambio, otros soldados (sin las vestimentas tradicionales y sin esos andares tan llamativos que caracterizan a los otros) se encargan de arreglarles la ropa, el gorro y secarles el sudor con un paño a los evzones”. Si los soldados tenían que huir haciendo ese baile, pues no me extrañan las múltiples derrotas bélicas que ha sufrido el pueblo griego a lo largo de su historia. Si quieren ir a Grecia, un día en Atenas es suficiente, el resto dedíquenlo a ir a las islas griegas, solo visité Mykonos y me pareció espectacular.



Kusadasi: Increíble historia bíblica.
En Kusadasi, parte europea de Turquía (creo que es uno de los pocos países del globo terráqueo, si no el único, que es Europeo y Asiático a la vez), nos detuvimos unas pocas horas para visitar la casa donde se presume vivió la Virgen María sus últimos años de vida y los restos de la ciudad de Éfeso, la misma donde el apóstol Pablo predicó el Evangelio, una vez que se convirtió al cristianismo y escribió su famosa epístola a los efesios que hoy día forma parte del Nuevo Testamento. Para la gente religiosa significa mucho visitar estos lugares porque puede sentir la historia bíblica bajo sus pies. Aunque, como siempre, la religión (y no digo cual pero creo que todo el mundo puede imaginárselo) se aprovecha para sacar unos cuantos dólares o euros de más, comercializando con misas, agua bendita, estampitas, etc., etc., etc. Lo cual hace que se pierda un poco el encanto. La casa de la Virgen María era muy pequeña y la única constancia que te indica que fue la última morada de la virgen fue una visión que tuvo una monja y que el Vaticano certificó como cierta. Del resto, hay pocas aportaciones científicas para creer que eso fue así. Las escrituras dicen que Jesucristo le encargó al apóstol Juan el Amado el cuidar a su madre y éste la sacó de Jerusalén después de la crucifixión, llevándola a Éfeso. Se supo esto a través de un censo que se hizo en la época y que determinó que María se encontraba viviendo allí, pero nada más, no hay constancia del sitio exacto donde vivió salvo la visión que la iglesia católica da por verdadera. De todas formas, en la casa solo te permiten entrar y recorrer un pequeño pasillo. Fue algo así como visto y no visto. Al final puedes encender una velita y orar por los tuyos. También hay un mural donde la gente escribe sobre un papel un deseo y lo pega, esperando en su fe que se cumpla. Yo hice las dos cosas por si acaso, aunque no comulgo la misma religión de los que comercializan el lugar, si me mueve la fe y espero en ella las bendiciones de los cielos. Luego de allí nos trasladamos a las ruinas de Éfeso. No voy a contar la historia de la ciudad porque sería muy largo, sólo decirles que fue la cuna del Templo de Artemisa, una de las 7 Maravillas del Mundo Antiguo y está muy bien conservada (la ciudad no el templo que como todos saben ya no existe). Es una mezcla de cultura griega, jónica y romana (los pueblos que la conquistaron y poblaron). Lo que me llamó más la atención fue la fachada de la biblioteca de Celso, una de las más grandes de la antigüedad. Es espectacular, sostenida por cuatro columnas dobles, entre las que hay cuatro nichos albergando las imágenes de las “Cuatro Virtudes de Celso” (la sabiduría, el valor, el conocimiento y la reflexión) y flanqueada por dos grandes estatuas que dan paso a nueve escalones de mármol, la fachada de la Biblioteca no era sino un adelanto de lo que se podía ver en su interior: una gran sala de lectura situada en su planta baja cuyas grandes ventanas orientadas hacia el este favorecían el paso de la luz a primeras horas de la mañana. Solo se conserva la fachada y yo diría que casi en perfecto estado. La verdad que valió la pena hacer el recorrido para llegar a verla.

Estambul: El gran descubrimiento.
En los últimos dos años he tenido la oportunidad de viajar a países musulmanes (Egipto y Jordania) y en ambas ocasiones fui con cierto recelo por lo que significa moverse en países con una mentalidad basada en la radicalidad religiosa. Afortunadamente, ambos países están tan occidentalizados que no sientes ese radicalismo. Con Turquía me pasó lo mismo y gratamente descubrí una Estambul que me maravilló. La mayoría de las excursiones las hicimos por cuenta propia (solo la de Éfeso contratamos un tour, más que todo por el poco tiempo que tendríamos en tierra). Así que nos informamos bien sobre cómo moverse en Turquía y a lanzarse a la aventura. Es facilísimo, desde el puerto hay un tren que te lleva al centro neurálgico de Estambul: La Mezquita Azul, la Basílica de Santa Sofía, el Palacio de Topkapi y las famosas cisternas romanas. Esta zona es una mezcla de culturas árabe y romana que han dejado sus huellas en las imponentes edificaciones. No voy a explicarlas porque eso se puede buscar por internet, solo mostraré las fotos (algunas) y expresar mis deseos de volver a este hermoso país para caminar por el puente Gálata y hacer un paseo en barco por el Bósforo, ver sus atardeceres y perderme por la Capadocia. Me han dicho que esta zona se caracteriza por tener una formación geológica única en el mundo, y por su patrimonio histórico y cultural. En el año 1985, fue incluida por la Unesco en la lista del Patrimonio de la Humanidad con una zona protegida de 9.576 hectáreas. Lo que significa que una parada de crucero de unas pocas horas no te da ni para ver y disfrutar la cuarta parte de lo que significa ir a Turquía. Mención aparte debo hacer del Gran Bazar, el gran mercado turco. Si el mercado Khan El Khalili de El Cairo me pareció increíble, este me dejó boquiabierto. Es mucho más grande, mejor organizado y tienen de todo lo que tú puedas imaginarte. Te pierdes por sus extensos e inacabables pasillos. Lástima que solo estuvimos poco tiempo porque le había cogido el gusto a regatear los precios y así un amigo y yo conseguimos dos lámparas de estilo turco y un anillo de plata a buen precio (bueno eso creo y espero). También quiero destacar las famosas delicias turcas, un dulce artesanal hecho de diferentes ingredientes, los mejores los de miel y pistacho, toda una delicia al paladar. Turquía, específicamente Estambul, fue para mí el gran descubrimiento de este viaje y eso que no pude ir ni a la Mezquita Nueva que vi desde el tren, ni al Bazar de las Especias, pero de seguro volveré en un futuro que espero sea cercano.

Mykonos: Paraíso de fachadas blancas.
Como dije párrafos arriba, si se quiere ir a Grecia un día basta para Atenas pero las islas son tema aparte. Yo solo conocí una y me quedaron ganas de conocerlas todas. El barco no atraca en puerto sino lejos del muelle, por lo que tienes que montarte en unas lanchitas que te llevan a la orilla. Es pequeña pero encantadora, todas las fachadas de las casas, comercios y centros oficiales están pintados de blanco y muchas de ellas tienen los techos azules y al parecer es una norma o algo así porque Santorini, otra de las populares islas griegas (ésta no la visité, pero me lo comentaron), se rige por la misma característica cromática. Mykonos tiene poco que ver, pero mucho que disfrutar: Sus playas, restaurantes, tiendas. Puedes perderte por sus callecitas subiendo y bajando y no te cansas de admirar como vive la gente. Es un perfecto laberinto que siempre te llevará a la costa. Como atractivo turístico están sus molinos y un sector conocido como la pequeña Venecia porque las casas están construidas dentro del mar. La playa se extiende a lo largo de la isla y es común caminar salpicando el agua con los pies. Hay zonas rocosas desde donde puedes tomarte unas fotos increíbles con la bahía de fondo. Por ser un sitio tan pequeño solo estuvimos 5 horas pero se pasaron volando y me quedaron las ganas de más. Por cierto, también es una atracción turística Petros, un enorme pelícano que se ha acostumbrado a caminar entre la gente. Nosotros lo vimos y le tomamos fotos y como buen modelo se pavoneaba entre la gente, sin la menor vergüenza ni temor. Según la historia local, cuatro pelícanos dejaron su nido del mar Negro y se dirigían a pasar el invierno en Egipto cuando una tormenta los desvió de su natural camino y los obligó a hacer tierra en Mykonos. Tres de las aves murieron, pero Petros sobrevivió y fue adoptado por un pescador local. Petros vivía en el muelle y al parecer le gustaba llamar la atención, al tiempo que atraía a los visitantes de la entonces tranquila isla, pues aún no poseía la notoriedad de hoy en día. El verdadero Petros murió también y el que se ve actualmente es uno de sus descendientes al que llaman Petros II. Una curiosidad que le da más encanto a esta isla.

Nápoles: Sin su Pompeya nunca iría.
Nápoles hubiera sido mi segunda decepción si no fuera por la majestuosa Pompeya. La ciudad que se tragó literalmente la lava del Vesubio. Luego de siglos de desaparecida y de muchos años de trabajos arqueológicos, se ha encontrado una de las mejores ciudades conservadas de la historia y eso que solo tenemos acceso a una tercera parte y esa simple visita nos llevó casi 4 horas de caminata bajo el sol (es solo para dar una idea de lo grande que era). La ciudad estaba amurallada, organizada en calles cuadriculadas. Tenía el suelo empedrado, pero no tenía alcantarillas. Cuando llovía la gente podía subirse a unas piedras elevadas colocadas en cada esquina para cruzar de una acera a otra y evitar mojarse los pies. Aún se pueden ver sobre las piedras las marcas de las ruedas de los carruajes que circulaban en la época. Los ricos vivían en villas ubicadas en los alrededores de la ciudad y los pobres en pisos llamados ínsulas, mientras más pobre se era, más arriba de la ciudad se vivía (la parte más pegada a la falda del Vesubio). Además de sus bien conservadas casas, negocios, gimnasio, coliseo (según la audio guía el mejor conservado después de su homónimo romano), templos y fórum, lo que me llamó la atención es que Pompeya fue una ciudad adelantada a su época. Ya en Pompeya se publicaban anuncios clasificados ofreciendo trabajo, casa en alquiler o cualquier cosa que se pudiera necesitar. Solo lo escribían en las paredes de determinados lugares y la gente los leía y acudía a las direcciones indicadas para obtener más información. Otra cosa en la que fueron adelantados fue en la venta de comida casera. Los restaurantes de comida (en esa tercera parte que se visita habían cerca de 89) tenían hornos especiales donde colocaban las tinajas de comida para mantenerla caliente y así poder venderla. Así que los sitios de comida casera no son de nuestra época, la idea la heredamos de los pompeyanos. Finalmente, Pompeya se caracterizó por sus prostíbulos. Fue la primera ciudad que organizó la prostitución con casas de citas llamadas lupanares y la lupa o loba como es su traducción era la mujer que se dedicaba a estos menesteres. Entré a un lupanar y sus paredes estaban pintadas con dibujos eróticos, mostrando diversas posiciones. Me imagino que para estimular a los clientes, lo único malo es que las camas de piedras, además de duras eran tan pequeñas que dudo mucho que allí pudieran acostarse (a no ser que los pompeyanos fueran bajitos). Y como la higiene era fundamental, había una letrina donde las lobas y los clientes se lavaban antes del acto sexual. Estaban muy bien organizados, si tomamos en cuenta que los romanos de la antigüedad fueron promiscuos, fiesteros y excesivos. Cumplían a cabalidad con los 7 pecados capitales y eso se observa en la forma de vida que dejaron plasmada en las fechadas de sus viviendas, en el interior de los negocios, en las ideas que revolucionaron esa sociedad. Los religiosos dicen que el pueblo sufrió el castigo de Dios cuando tronó el Vesubio (por cierto, hay un autobús que te lleva a la orilla del cráter pero por falta de tiempo no hicimos esa excursión) y arrasó con esa forma de vida promiscua. Comentario aparte son los cuerpos hallados. Al principio pensé que eran los cuerpos originales, pero son moldes hechos de yeso a partir de la corteza de lava que se encontraron. Los cuerpos se desintegraron al contacto con la lava, pero la lava se solidificó y en 1860 el arqueólogo Giuseppe Fiorelli tuvo la idea de rellenar con yeso líquido las cavidades que dejaron los cadáveres en las cenizas, formando así los moldes de las personas que se pueden admirar. Luego de la visita a Pompeya fuimos a Nápoles. Sólo tengo dos cosas que decir: es una ciudad muy sucia y por todos lados te advierten que tengas cuidado con tus objetos personales porque, al parecer, hay muchos atracos. Di una pequeña vuelta y de regreso al barco. No more comment. Cuando vuelva a Nápoles (si voy de nuevo algún día) mis objetivos serán pasearme por la Costa Amalfitana o ir a la isla de Capri. Esperaré a hacer un nuevo crucero que incluya esta zona.

Roma: Bien ganada su corona de ciudad eterna.
Ciudad eterna, majestuosa, imperial, exquisita…cualquier adjetivo o forma de referirse a Roma exaltando su belleza se queda corto al pisar sus calles y admirar sus edificios y obras de arte. Es un verdadero legado cultural y un goce para la vista. Se necesitaría una semana entera para poder revisar cada rincón y aún así es posible que todavía nos falten días. Roma no solo es su majestuoso Coliseo, el mejor conservado de todos cuanto hemos legado del Imperio Romano, con su Fórum y su Palatino, tampoco es solo la “Felliniana” y mítica Fontana di Trevi, ni su Trastevere ni el Castillo San Ángelo, ni el Panteón, ni siquiera es únicamente el Vaticano, reconocido como el país más pequeño del mundo. Roma lo es todo. Sus iglesias, sus plazas, sus fuentes, sus caminos empedrados, la Vía Corso con sus tiendas, el caos del tráfico, las aceras angostas. Al igual que en Florencia, a lo largo de las calles se puede admirar una obra de arte, incluso las iglesias más insignificantes en sus fachadas guardan dentro tesoros insospechados de los grandes maestros del renacimiento, barroco o cualquier corriente cultural heredada de los italianos. Lamenté haber ido a Roma unas pocas horas y compartirlas con el gentío agobiante que me impidió disfrutar mejor la ciudad. El barco atracó en Civitavechia una ciudad portuaria a hora y media en tren de la capital italiana. Eso también hizo que tuviera menos tiempo para andar por sus calles. A Roma no hay que ir en un crucero, por eso tengo un nuevo viaje pendiente y la ciudad eterna se suma a mi lista de ciudades que desde ahora comienzo a soñar con visitar otra vez y pasar un rato agradable tomándome un exquisito capuccino o un delicioso helado de nocciola sentado frente a la Piazza Nabona o la Piazza Venecia o en las escalinatas de la Piazza España, viendo las miles esculturas que por doquier surgen para el deleite de la vista. Si han leído la novela Ángeles y Demonios de Dan Brown podrán tener una muy buena descripción de los sitios, a medida que los veía venían a mi mente retazos de la novela con las descripciones leídas.

Livorno: La toscana en todo su esplendor.
Al llegar a Livorno tienes la oportunidad de visitar o bien Florencia o bien Pisa o bien Lucca, incluso alquilar un coche e ir a Siena o bien quedarte en la propia Livorno. Cualquier pueblo de la Toscana es un deleite en sí mismo. Nosotros como ya habíamos ido a Florencia años atrás, nos decidimos por Lucca y Pisa. No sólo porque ya conocíamos la cuna del arte renacentista, sino que también quedaban mucho más cerca de Livorno (Florencia está a hora y media en tren). Lucca es una ciudad amurallada y dentro de sus murallas está todo el encanto de una ciudad medieval. Sus calles se detienen en el tiempo y te muestran el esplendor de una era oscurantista. Es imposible pensar en el desenfreno, las persecuciones de las cruzadas o el atraso artístico de una época cuando existen iglesias como la Catedral de San Martín, la Basílica de San Frediano o la Iglesia de San Michel expresando la pureza del Medioevo. No todo fue oscuridad durante la Edad Media y Lucca sobrevive para enseñarnos algo de luz y belleza. Lucca fue la ciudad-estado italiana más extensa con una constitución republicana para permanecer junto a Venecia como estados independientes durante varios siglos (o sea eran dos mini países dentro de suelo italiano). En 1805, Napoleón Bonaparte se apoderó de ella, poniendo a su hermana Elisa Bonaparte al mando como "Reina de Etruria". En 1815, se volvió ducado de Borbón-Parma, después de Toscana en 1847 y finalmente parte del Estado Italiano. También Lucca es conocida por ser la cuna del gran maestro Giacomo Puccini y, recientemente, abrieron un museo en su honor (donde se supone fue su casa). Lamentablemente no entramos por falta de tiempo. Luego de un paseo por la ciudad amurallada, tomamos el tren en dirección a Pisa. Es una pequeña, pequeñísima ciudad, cuya principal atracción son el Baptisterio, el Duomo (catedral) y, por supuesto, la torre inclinada (campanario de la catedral). Decirles que me causó un gran impacto verla, no es lo mismo ver una foto que verla en persona, además de su inclinación me llamó la atención lo blanco de la piedra con que fue construida. Se dice que en Pisa existen otras edificaciones inclinadas y esto es debido a la naturaleza pantanosa del terreno sobre el que está situada la ciudad, que en muchos casos cede y se asienta con el peso de estas edificaciones. No vimos las otras edificaciones inclinadas porque no tuvimos tiempo a más. Tomamos, eso sí, muchas fotos, incluso nos atrevimos con la típica foto que te haces intentando sostener la torre inclinada (la verdad que no tuvimos mucho éxito porque no salieron tan buenas como las que me tomé en Egipto señalando la punta de una de las pirámides). Pero bueno eso es lo que tiene hacer un crucero, muchos puertos que visitar pero poco tiempo en cada uno. La Toscana pudiera ser otra ruta por hacer en un futuro.

Mónaco: Verdadero cuento de hadas.
Al llegar a Mónaco tuve la sensación de vacío porque ya sabía que el final de mi travesía estaba cerca, solo un día más y a casita. Era como el sueño del que no quieres despertar. Menos mal que Mónaco me ayudó a continuar soñando. Siendo el segundo país más pequeño de Europa después de El Vaticano, es una verdadera ciudad de cuentos de hadas. La primera cosa que te impresiona es la limpieza de sus calles, las aceras brillaban y no había ni un solo papel o colilla tirada, es más, los cestos de basura estaban tan disimulados que no se distinguían fácilmente. Me llamó la atención que a lo largo de la ciudad hay dispensadores de bolsas plásticas para que los dueños de perros recojan la caca. Toda una pijada. Yo sería feliz allí ahorrándome las bolsitas que compro para recoger los excrementos de mi Brody. Tuve la oportunidad de visitar la Catedral donde están enterrados el príncipe Rainiero y la princesa Grace Kelly, así como la mayoría de la dinastía Grimaldi. Cuentan que François Grimaldi se anexionó la fortaleza por la fuerza. Este güelfo no poseía más que un pequeño ejército, pero utilizó la estratagema de disfrazarse de monje, y una vez dentro abrió las puertas a sus soldados. Los güelfos fueron más tarde derrotados y François expulsado de Mónaco por los genoveses en 1301. La familia Grimaldi se alió entonces con el Rey de Francia y Rainiero I Grimaldi fundó la dinastía que lleva su nombre y estuvo al servicio de la monarquía francesa durante los siglos siguientes, hasta obtener el reconocimiento de su independencia por parte de Francia en 1489. Frente al Palacio Real hay una escultura de un monje, como homenaje a la audacia de Francois de luchar y vencer a los genoveses a través de esa estratagema. Luego de visitar el Palacio y recorrer las callecitas comerciales de Mónaco, nos fuimos a Montecarlo para ver el gran casino, lamentablemente no pudimos entrar porque estaba cerrado, solo lo vimos por fuera y es espectacular. Fue mandado a construir por el príncipe Carlos III de Mónaco (el abuelo de Alberto de Mónaco) como una forma de atraer el turismo al país. En Mónaco no existen los impuestos locales y en aquella época la familia real tenía muchos problemas económicos, así que hubo que idear una manera de traer dinero al país y no se les ocurrió otra cosa que hacer un lujoso casino, donde personajes incluso de la realeza han venido a dejar su dinerito. Desde allí se ve el edificio que hace frontera con Francia, solo cruzas la calle y ya estás oficialmente en el país galo. Montecarlo acoge también una parte del Circuito de Mónaco, en el que tiene lugar el Gran Premio de Mónaco de Fórmula Uno, generalmente suele ser después de semana santa, y una de las pruebas del Mundial de Rallyes más importantes: el Rally de Montecarlo. Es curioso que en un sitio tan estrecho y pequeño, pueda surgir una pista de competición automovilística. Demás está decir que cuando se celebran, no circulan otros coches por las avenidas y el principado se paraliza por competo. La visita fue corta pero sustanciosa.

Barcelona: Última parada, vuelta a España
Al ir acercándonos al puerto de Barcelona, un nudo en la garganta tenía hecho. Ya había acabado el sueño, de vuelta a la realidad, a la rutina del día a día, lo bueno es que tengo un año por delante para pensar en mi próximo viaje…o tal vez crucero.